Las expropiaciones de sendas empresas españolas en Argentina y Bolivia nos devuelven al tiempo en que la propiedad nacional de los recursos naturales era muy apreciada. Luego pasaron a interesar, más que el origen, el volumen y el impacto modernizador de las inversiones. ¿Qué explica esas dos vueltas a los anteriores tiempos?
Los discursos radicales difundidos a partir del chavismo han reciclado versiones limitadas de los nacionalismos y estatismos de los años 70. Tiene que ver, en pocas palabras, con que algunos gobiernos prefieren, o necesitan urgentemente como Argentina, hacer caja antes que incrementar el crecimiento de la economía.
Las decisiones de Cristina Fernández y Evo Morales tienen un sabor a castigo político. Lo de Argentina sobre todo, pues se da en el contexto del conflicto con el Reino Unido. Además el doble golpe le cae a España en un momento económico particularmente duro, cuando muchas de sus miradas se dirigen hacia América Latina en pos de alivio económico.
La expropiación de Repsol no es realmente una novedad. Es más bien parte de una racha de manotazos fiscales peronistas que buscan aliviar lo que parece la marcha hacia uno de esos abismos financieros que los argentinos ya conocen bien. Muchos consideran que la escalada frente a Las Malvinas/Falkland es parte de ese proceso.
En el caso de Morales tampoco hay novedad, pues él viene nacionalizando casi desde el inicio de su mandato, por consideraciones fiscales y políticas, según viniera la mano. Esto no ha producido un boom, pero tampoco la tragedia económica que algunos vaticinaban. Además era lo que se esperaba de un presidente tan radical.
En principio la región está afianzando dos juegos de reglas diferenciados. Los gobiernos con economías más sólidas siguen considerándose espacios que logran beneficios de las inversiones extranjeras, y sus tasas de crecimiento se lo confirman. Esto no impide los ocasionales conflictos con los huéspedes, pero la norma general es clara.
Los gobiernos con problemas económicos, o necesidades económicas nacidas de proyectos políticos ambiciosos, están inclinándose cada vez más hacia una sustitución de la presencia extranjera. Las mismas mayorías que aplaudían las privatizaciones en los años 90 ahora se muestran a favor del nacionalismo económico, si esa es la expresión.
Algunos han visto en las expropiaciones sombras del 1898 en que acabó el imperio español y de los versos de Francisco de Quevedo: “Y es más fácil, oh España, en muchos modos,/
Que lo que a todos les quitaste sola,¨/ Te puedan a ti sola quitar todos”. Comparaciones exageradas. Ni España tiene hoy un imperio, ni debe ser castigada por sus inversiones.
