Por Mirko Lauer
Por momentos parece que los cambios de gabinete son una simple fiesta de la curiosidad: ¿quién se va? ¿Quién se queda? ¿Quién viene? La teoría de todo el asunto es que el mandatario va a elegir gente mejor o más adecuada al clima político que antes, hasta que se demuestre lo contrario, el llamado desgaste, que puede presentarse a cualquier velocidad.
El desgaste es en sí mismo una idea rara, pues uno supondría que el ministro va ganando en experiencia, conocimiento del sector y manejo de la problemática con el paso del tiempo. Pero por algún motivo no sucede así, y entonces siempre tenemos a alguien que está aprendiendo mientras trabaja, en el mejor de los casos.
El público probablemente termina desengañado con los cambios, a la larga o a la corta (otra vez, el desgaste), pero adora el suspenso inicial, y la reiniciación de un ciclo. El momento en que empiezan a rodar los rumores sobre nombres y cabezas tiene algo de mágico. El sombrero de copa suelta sorpresas, desengaños y perplejidades.
Hay estilo para estos pases. Hay que reconocer que Alejandro Toledo era un artista en el género: primero hacía llenar los medios de nombres, verosímiles e inverosímiles, y luego se tomaba su tiempo, que podía ser un par de meses, para anunciar el desenlace. Para entonces ya había hasta un par de listas ministeriales completas circulando.
Alan García no tiene ese talento particular. Toledo cambiaba ministros y gabinetes como si saliera de compras. García lo hace como si le estuvieran arrancando extremidades, un trago amargo que es mejor apurar lo más pronto posible. Estamos jueves, y nadie sabe realmente quiénes van a jurar su cargo este domingo.
¿Es importante? Se supone que los nombramientos de ministros, y sobre todo de primeros ministros, envían mensajes a diversas partes del cuerpo político y social del país: tranquilizan, preocupan, entusiasman. De paso afectan presidente: Toledo volvió a conocer 30% de aprobación gracias a Luis Solari. Yehude Simon levantó la aprobación de García.
Sin embargo, en términos generales, solemos ver que los ministros se adecuan a políticas preexistentes, y no al revés. Es difícil hacer una buena gestión en base a una política general discutible, por ejemplo. Buenas políticas y buenos ministros pueden sucumbir, incluso juntos, ante la más humilde de las cáscaras de plátano, como hemos visto.
Pocas veces hemos tenido un cambio de gabinete a las puertas con tan pocos nombres dando vueltas en la atmósfera. Los pocos voceados que este periodista ha recogido de sus conversaciones causan más intriga que otra cosa. ¿Puede el mismo presidente estar pensando nombrar a José Antonio Chang, Raúl Diez Canseco o Rafael Rey para el mismo cargo?
