La campaña por la vacancia de Alejandro Toledo iniciada en el 2001 no llegó a concretarse, pero sí fue un intenso mecanismo de presión política por varios años. Los argumentos orbitaron todos en torno a su conducta personal, real o atribuida. En el fondo fue una manera de debilitar al movimiento democrático que el año anterior había derrocado al fujimorismo.
El activismo para vacar a Toledo era paradójico a primera vista, pues lo realizaban el fujimorismo y sus amigos, cuyas líneas matrices Toledo había continuado en lo económico y lo administrativo. Pero en la parte política esos derrotados tenían que recuperar terreno, y serruchar el tablero les pareció la manera más expeditiva de hacerlo.
Además fue un tema de sangre en el ojo. Alberto Fujimori había sido revocado por el Congreso, y eso es lo que proponían sus seguidores, como Rafael Rey, para Toledo en el hemiciclo. La movida y los titulares que la acompañaron fueron contraproducentes, pues Toledo no cayó, y el fujimorismo no volvió a ganar una elección significativa hasta hoy.
La mezcla de motivos era más complicada que eso: vengarse de quien había protagonizado la Marcha de los Cuatro Suyos, promover un antitoledismo que le lavara la cara al régimen recién caído, mostrar que la democracia podía ser tan criticable como el fujimorismo, buscar aliados entre la parte más crédula del público.
Los intentos de revocatoria de estos días se presentan diferentes. Después de todo se trata de un derecho ciudadano, y es notorio que existen autoridades revocables. Pero como sucedió en algún momento con los recursos de amparo (por ejemplo, en el negocio de la timba), el abuso puede desvirtuar completamente un mecanismo originalmente positivo.
Pero además de las diferencias, están los parecidos con las maniobras contra Toledo. Está la campaña de agravio personal para demoler una imagen política. Está la bulla mediática magnificando lo irrelevante y disimulando los logros reales de una gestión. Está el ánimo putschista de recuperar en la calle lo perdido en las urnas.
En el caso de Toledo las agrupaciones más serias del país captaron bien la importancia de que una autoridad elegida concluya su mandato. Asimismo vieron la diferencia entre una protesta justificada y un linchamiento irracional. A pesar de sus bajas cifras en las encuestas, Toledo gobernó los cinco años, para provecho de todo el sistema.
El argumento de la arena perdida en La Herradura es un asunto folclórico que se parece demasiado a aquel otro de los techos del cuartel de Huancané que utilizó Manuel Odría para dar su golpe militar en 1948, o a la censura del ministro de Educación Carlos Cueto por haber usado la palabra “semántica” en el hemiciclo.
