Cuando llegó la izquierda al poder por la vía electoral en América Latina un argumento tranquilizador fue que en el juego democrático la posibilidad de una alternancia daría oportunidades también al centro y a la derecha. Esto en efecto se ha dado en algunos de los países más institucionales. Pero en otros hay serias dudas sobre el tema.
La manera como ha reaccionado Hugo Chávez a la aparición de un rival electoral de cierto peso apunta a esta preocupación. La grosería descalificadora con que Chávez se ha referido de partida a su contrincante Henrique Capriles recuerda el trato que da la nomenclatura cubana a los discrepantes del régimen.
La prensa oficialista, en una columna de Adal Hernández, ha llamado a Capriles un judío traidor (el gobierno tiene una trayectoria de antisemitismo), y Chávez mismo lo ha comparado con un cerdo. Otro periodista del gobierno ha salido a sugerir que Capriles es gay. Esto cuando la campaña electoral no ha comenzado realmente.
Un estilo parecido está floreciendo en Ecuador, donde Rafael Correa desembozadamente utiliza su poder presidencial para perseguir a la prensa que critica a su gobierno y para promover un periodismo favorable a su persona. Algo que de todas maneras va a pesar cuando lleguen las próximas elecciones, donde Correa será candidato.
Las destempladas salvas de Chávez se vuelven incomprensibles cuando uno examina la enorme acumulación de recursos fiscales y la gran expansión del gasto público que ha logrado en estos años. Más que suficiente para un desembalse que reforzará su gran performance en las encuestas y lo acercará aún más a la victoria.
¿Entonces por qué los groseros ataques? La perspectiva de que haya varios millones de personas dispuestas a votar contra él luego de 13 años de revolución bolivariana debe serle muy incómoda, pues le muestra lo alejado que está, todavía, del modelo cubano del gobernante perenne, en una sociedad sin lugar para el cuestionamiento del gobierno.
Además hay problemas concretos. El crecimiento económico (5% este año) se ve lastrado por la balanza comercial y la inflación. Los efectos de esta última más los problemas de gestión (apagones, carestía) podrían en algún momento neutralizar la magia de los programas sociales en que se apoya el régimen petrolero.
Lo que está diciendo en el fondo Chávez con sus ataques a Capriles es más o menos lo mismo que está transmitiendo Correa: nunca se va a dejar quitar el poder mediante un mecanismo democrático. Esto porque los rivales han sido definidos como agentes del imperialismo y representantes de la oligarquía. ¿Para qué elecciones o prensa entonces?
