Las declaraciones de Ollanta Humala a la TV este domingo han salido a compensar casi tres meses de silencio presidencial, con un llamado al orden respecto de cuál es la línea del gobierno en varios temas. La entrevista concedida no ha sido abundante, pero sí elocuente: solo hay una agenda real, y está en Palacio de gobierno.
Es decir que el nacionalismo del gobierno no había desaparecido, sólo se había distraído por entre el ruido político. Ahora una buena parte de ese nacionalismo ha salido a la superficie, con un tono que evoca la campaña, sobre todo en el anuncio de la reperuanización del lote 88 y el respaldo a los compromisos asumidos con la Unasur.
El contrapeso de ambos anuncios fue la descalificación de la protesta en Cajamarca al definirla como un impulso ideológico. Esto puede ser leído como un anuncio de que el gobierno va a persistir en la defensa de la minería en la región, probablemente exigiendo a las empresas todas las adecuaciones ambientalistas del caso.
El balance de las declaraciones presidenciales no puede ser definido como un retorno al izquierdismo originario, pero quizás sí como la ratificación del espacio de centro-izquierda que lo llevó a ganar el año pasado. Como que ninguno de los bandos que pugnan por capturar el alma del gobierno puede cantar victoria.
¿Este Humala dominical puede ser llamado una sorpresa? ¿O es que varios sectores del público simplemente se habían estado fabricando un Humala al propio gusto? En todo caso podemos quedarnos con la idea de un Humala perfectamente capaz de salirse del cuadrado que le intenta definir el pulseo político en los medios y las calles.
Podría decirse, entonces, que Humala acaba de definir los contornos de una nueva coyuntura: más énfasis en los proyectos en los que es posible avanzar sin trabas, relanzamiento de la legitimidad del nacionalismo como socio en el bloque de poder, recordaris de la política como ejercicio de una autoridad democrática. Tres cosas que parecían haber quedado atrás.
La ventaja del método elegido, una entrevista en el momento y los términos decididos por él y que omitiera algunas preguntas complicadas, le ha permitido abordar temas menores con una mezcla de parquedad y exactitud. Las preguntas sobre su familia han merecido comentarios presidenciales antes que personales, que es lo que muchos estaban esperando.
Es poco probable que este último tipo de respuesta aplaque los culebrones mediáticos que se van tejiendo en torno de la presidencia. Pero sirven para confirmarles, a quienes tengan ojos de ver, que Humala está dedicado más bien a trabajar en aspectos sustantivos de la gobernabilidad.
