Por Mirko Lauer
Las dos emboscadas en el VRAE esta semana constituyen otra sangrienta nota a pie de página a la derrota de Sendero Luminoso en los años 90. Es verdad que el SL con enorme capacidad de fuego y de desarticulación de los años 80 desapareció con la captura de Abimael Guzmán y buena parte de su plana mayor en 1992.
Pero 17 años después SL sigue siendo una presencia en la política peruana. Asesina en la zona del narcotráfico. Gana elecciones en importantes universidades peruanas. Hace esporádicas apariciones en las que se consideran antiguas zonas de influencia. Que no parezca a punto de tomar el poder del Estado no lo hace menos presente.
Cuando en su primera campaña reeleccionista Alberto Fujimori ofreció terminar con los remanentes de SL para 1995, sabía de lo que estaba hablando: el capítulo de esa violencia en el país no estaba cerrado, y el fenómeno todavía justificaba una promesa electoral. Promesa que, hoy lo sabemos, no era nada fácil de cumplir.
En los mismos años 90 en que el primer senderismo derrotado menguaba, el narcotráfico se desarrollaba: pasó de ser una actividad agraria y dispersa a ser un negocio industrial, concentrado e internacionalizado. En dos palabras, con Fujimori pasamos de exportar pasta básica a exportar cocaína. Ese fue uno de los salvavidas de SL.
A primera vista no es lo mismo un SL dedicado al terrorismo de alta intensidad ideológica por todo el país que un SL asociado a un negocio pragmático en zonas alejadas de las capitales del país. Sin duda los habitantes de las zonas cocaleras semiliberadas por el narcotráfico y los deudos de los policías y soldados muertos no lo ven así.
Hay, pues, un primer SL que ha quedado atrás. El del pensamiento Gonzalo, el de la división en dos tendencias con objetivos diferenciados, el del cronograma para la toma del poder del Estado y el del genocidio indiscriminado. Pero hay algo llamable un segundo SL, que es hijo del encuentro del primero con la llegada de los cárteles de la droga.
Basta echar una rápida mirada a Colombia o a la frontera norte de México para entender la peligrosidad de la situación que hemos heredado de los años 90. No es el rebrote senderista originalmente imaginado, como un retorno de la antigua capacidad operativa y el decorado maoísta. Ahora es una acumulación en torno de una enorme tasa de ganancia ilegal.
De modo que la idea de que fuimos librados del terrorismo en los años 90 tiene que ser tomada con algo de pinzas. Se resolvió la amenaza inmediata, es cierto. Pero una parte importante del problema fue potenciada y pateada hacia adelante. La escalada de bajas en el VRAE, segura y no tan lenta, es una clara demostración.
