También en política exterior es peligroso dar la mano y ver cómo eso puede ir subiendo hasta el codo. Buenas relaciones internacionales e intereses nacionales no siempre son dos caras de la misma moneda. Algo de esto estamos viendo en la región. No son desencuentros serios, pero sí señales que llaman a la cautela.
Por ejemplo, el reciente deseo de dos diplomáticos peruanos de hacer buena nota con el gobierno boliviano en el tema de sus aspiraciones marítimas, un propósito razonable en sí mismo, terminó irritando a la prensa de nuestro vecino chileno, con el cual nos urge mantener relaciones ecuánimes. No es algo serio, pero de continuar sí lo sería.
Más remoto es el caso de lo que viene sucediendo con la Argentina. Los países de la Unasur se han comprometido a apoyar con acciones concretas su reclamo de una mesa para discutir con Gran Bretaña el tema las Malvinas/Falklands. Pero es evidente que el gobierno de Cristina Fernández no va a consultar sus futuras acciones en el tema con la Unasur.
A juzgar por el tono de la conmemoración de los 30 años de la guerra de las Malvinas/Falklands en Buenos Aires, el tema se está volviendo un pivote de la política interna de ese país, acosado hoy por crecientes problemas económicos. ¿Hasta qué punto puede llegar ese empleo del conflicto? ¿Puede llegar a poner a prueba algunas solidaridades?
Actitudes como la buena relación con Evo Morales o el apoyo al reclamo de Fernández (en su forma actual) son viables entre otras cosas porque no entrañan un costo serio para quien la practica. Mantener las cosas así supone un trato cuidadoso de la confianza depositada. Si aparece un costo real la situación se vuelve diferente.
El reciente apoyo a la Argentina en su conflicto no ha significado una erosión de las relaciones con Gran Bretaña. Por lo pronto Luis Miguel Castilla, MEF, está por liderar una visita de 100 empresarios a Londres para alentar inversiones. La catástrofe bilateral que algunos anunciaban a gritos no se ha materializado, ni parece a punto de hacerlo.
Pero hay solidaridades que no son realistas, en cuanto van a contrapelo de otros intereses. Por ejemplo, que se sepa ninguno de los países que mantienen buenas relaciones con Quito está pensando en acompañar a Rafael Correa en su deseo de no asistir a la próxima cumbre de las Américas en Cartagena en protesta por la marginación de Cuba.
De todo esto se podría sacar en limpio que si Fernández tiene pensado escalar su conflicto en alguna dirección, tendrían que llegar sus intenciones en consulta al organismo regional que le viene dando apoyo. De otro modo corre peligro de estar liberando a los amigos de sus obligaciones.
