El auge de conceptos como el diálogo y la mediación en el conflicto de Conga se está basando también en la idea de que es preciso limar discrepancias entre el Estado y la protesta. La empresa está quedando en los márgenes, a partir de cierto convencimiento de que ella aceptará cualquier resultado que le permita seguir operando con ganancias razonables.
Sin embargo hay otra idea fuerza en circulación: las grandes empresas, y Conga es una de ellas, le dictan también a este gobierno sus políticas en cada sector. Ollanta Humala intentó hace poco revertir esta percepción llamando al orden a una Yanacocha que consideró demasiado arrogante para el bien de cualquier negociación.
En cierto modo lo que está en juego aquí son las relaciones futuras entre el gobierno y el gran capital. Conga y la nueva ley que reforma las AFP son dos casos de alto perfil. Ni Alejandro Toledo ni Alan García arriesgaron intentos similares de afirmar la autoridad del gobierno como ahora Humala con su sambenito de derechista.
Una actitud firme ante los grandes intereses en asuntos de interés popular sería una forma de contrapesar una necesidad de mantener a raya las movilizaciones del radicalismo contra el modelo económico. Pero no es un camino fácil, pues requiere un agudo sentido de la oportunidad y un manejo que mantenga en su sitio el tablero del crecimiento.
Tareas en este campo no faltan. Los precios de las medicinas, parte de la legislación del trabajo, precios de tarifas básicas o privilegios tributarios son el tipo de situaciones que vienen del pasado y que nadie se ha atrevido a enfrentar. Ejemplos como el de Chile muestran que es posible avanzar por esta vía sin caer en el radicalismo populista.
Pero hay costos. Los medios que hoy apoyan a Humala en su confrontación con la protesta no lo acompañarían en un esfuerzo reformista serio. Mal manejadas, este tipo de iniciativas, si no vienen acompañadas de una fuerte actitud pro inversión, pueden colocar al gobierno entre dos fuegos, y someterlo a la acción de poderosos lobbies.
No descartemos que muchas grandes empresas en el sector extractivo no vean con malos ojos la mejora de la capacidad de negociación del gobierno. Aquí los márgenes de ganancia vuelven a la estabilidad y la concordia particularmente valiosas, aun si eso significa elevar los costos sociales. Las empresas más inteligentes ya están pensando y actuando así.
Quizás por esta vía Humala no recupere el izquierdismo perdido. Pero ella sí podría colocarlo en el camino de los cambios. Tiene veinte años de privilegios de la gran empresa para ponerse a trabajar con cuidado. Su ministro Luis Miguel Castilla está mostrando una incipiente disposición a acompañarlo en el empeño.
