Más o menos la misma obra, con diferentes actores. Podría llevar el título del libro que publicó Humberto Carranza Valdivieso en el 2000, El asesinato jurídico de Alan García. En ambas presentaciones estamos ante un drama pasional revestido de acusaciones que aspiran a frenar en seco la carrera política del Nº 1 del Apra.
La primera temporada de persecución a García vino en la estela del desborde terrorista y la hiperinflación bajo su gobierno (1985-1990), y había un amplio público dispuesto a creerlo todo sobre el ex presidente. Pero sobre todo operadores dispuestos a decirlo todo. El tiempo y las aguas pusieron en evidencia la falacia de los varios tinglados.
Esta vez García viene de conducir una gestión exitosa, en que la cifra de pobreza bajó casi 20 puntos, la infraestructura creció como nunca, y el clima para los negocios se mantuvo boyante. Además, por donde se le mire, los miembros de la comisión investigadora del Congreso juntos no hacen ni remotamente un Vladimiro Montesinos o un Fernando Olivera.
Pero el celo antialanista de varios investigadores es más o menos el mismo. Los gestos de impulsividad y las marchas atrás se multiplican. Tanto así que en la comisión no han podido ponerse de acuerdo para un curso de acción. Algunos temen el papelón, a otros no les importa. El público observa poco convencido por la iniciativa.
Hoy como ayer lo importante no es un resultado final, sino los efectos del proceso de acusación, calumniosa en opinión de este columnista. La campaña contra García le sirvió al fujimontesinismo para aglutinar a la opinión pública contra un enemigo común, y paralizar momentáneamente lo que entonces todavía era un partido de buen tamaño.
Ahora los objetivos han variado. De un lado tenemos una vendetta de Alejandro Toledo, convencido de que García fue el artífice de su derrota el año pasado (aunque no ha hecho acusación formal sobre este tema). De otro lado, está el deseo de retirar a García de la carrera hacia el 2016. Entre los dos objetivos hay un deseo de publicidad política.
Pero además de la yaya toledista está el deseo de la gente de Gana Perú de mantener una imagen izquierdista en pleno desvanecimiento.
Olivera logró convertir su persistente antialanismo, acaso el único punto de programa real del FIM que conducía, en 14% de la Cámara de Diputados. Pero no puede decirse que eso le haya construido una carrera política. Más bien lo estereotipó de manera definitiva, como le puede suceder, si tienen suerte, al congresista Sergio Tejada y su combo.
A García los ataques, que en su segundo gobierno parecía convocar casi a propósito, siempre lo han mantenido en el candelero. Además los ataques han obligado a sus perseguidores a entrar en extrañas alianzas coyunturales.
