Hay una inocencia, en el sentido de ausencia de bautizo de fuego, de este gobierno que ha durado casi un semestre. La indefinición, o ambivalencia, fue inicialmente recibida con alivio. Pero ahora ya muchos la reprochan. Su rasgo más obvio es la resistencia a imponer un discurso único que obligue a alinearse a todos los demás discursos. Cada vez más voces van a insistir en que ese acto de imposición estatal es una decisión indispensable de cara al costo-beneficio de gobernar. Haber declarado el estado de emergencia en Cajamarca es un gesto en esa dirección, pero no es ni remotamente un bautizo definitorio.
De modo que todavía no ha aparecido, pensando en extremos, ni el cripto-chavista emboscado, ni el derechista reciclado, y lo más probable es que ninguno va a aparecer. Para cuando llegue el 2012 ya será evidente que Ollanta Humala no va a tomar la “decisión decisiva” en momento alguno, y que el año, por no decir el gobierno, va a ser una suma de iniciativas limitadas. Podría decirse que nadie se va a sentir totalmente derrotado, pero que todos se van a sentir intensamente insatisfechos. Lo cual se irá reflejando en las cifras de aprobación, cuya esencia es fluctuar.
Si el pronóstico del banco de inversión Barclays Capital sobre el oro a US$ 2.000 la onza (el CEO de Compañía de Minas Buenaventura, socia de Yanacocha, dice US$ 2.500) es acertado, el próximo año se verá una escalada de la conflictividad comunidades versus mineras, y un avance de la minería informal por todo el país. Con el agravante de que la publicidad de los conflictos genera otros, en un círculo vicioso que ya no se limita a lo extractivo.
En términos más amplios los vaticinios son que los buenos precios de los minerales se van a mantener (más los del cobre, menos los del zinc), y con ellos las ganas de invertir en el sector a pesar de los riesgos inherentes.
Pero luego hay que considerar también los efectos de la crisis: los pronósticos de crecimiento económico mundial son replanteados a la baja todas las quincenas, y eso también viene sucediendo en el Perú.
De modo que en economía y conflictos, temores inflacionario-desacelerantes y promesas de programas sociales, aquí estamos viviendo el 2012 desde por lo menos noviembre pasado. Los dirigentes, formales e informales, de la protesta provinciana ahora han secuestrado la agenda política, que durante buena parte del 2011 estuvo en manos de los dirigentes de la denuncia y la moralización capitalinas. Ya no Omar Chehade o Rómulo León Alegría, sino versiones de Gregorio Santos y su carnal Saavedra.
A Ollanta Humala se le avecinan decisiones, cada una de ellas costosa, a partir de tres escenarios en el año que viene:
[1] En su mejor escenario el gobierno iría descubriendo un método para resolver conflictos larvados o en su fase inicial, antes de que la sangre llegue al río. Lo cual supondría un cierto giro hacia la izquierda, entendido como concesiones a los reclamos y algo de recortes de expectativas empresariales. Lo cual le permitiría retomar su proyecto de crecimiento económico e inclusión social, ahora con mayor énfasis en las consultas previas y un nuevo tipo de alianzas con poderes locales. Esto significa incrementar el quantum de atención concedida a algunos presidentes regionales claves, sobre todo para protegerlos de las diversas modalidades de frentes de defensa que los acorralan desde la izquierda con miras a las próximas elecciones, y luego los despluman. Parte de este cuidado tendría que consistir en darles a los gobiernos locales (regional y municipal) mejores alternativas que asociarse con los radicales sueltos en plaza y siempre listos para organizar revocatorias, y a veces hasta linchamientos.
[2] En el escenario intermedio el gobierno no llega a encontrar la fórmula idónea frente a los conflictos, ni los cuadros adecuados para negociar, y se empantana en la tarea de bombero sociopolítico a tiempo completo, saltando de región en región con la esperanza de que los conflictos puedan ir siendo resueltos caso por caso, con un mínimo de impacto en la gobernabilidad. En estas circunstancias se volvería difícil mantener una posición de centro-izquierda.
Un problema con este tipo de bomberismo es que la naturaleza aluvional de Gana Perú podría hacer que el río revuelto de los conflictos produzca una célula semidisidente de parlamentarios tipo Jorge Rimarachín en la izquierda del partido de gobierno. Ya vimos al Apra cajamarquina tomar partido contra Yanacocha en el incidente de Cerro Quilish del 2004, y ahora en el 2011 ya son varios los congresistas oficialistas que se sienten traicionados.
[3] En el escenario más riesgoso el gobierno se ve obligado a asumir una estrategia que combine moverse simultáneamente más hacia la derecha y hacia el populismo distributivo, un camino que se sabe cómo comienza pero no dónde termina. Esto supondría resolver la contradicción entre la ortodoxia económica vigente y las necesidades de un populismo eficaz. Este último podría llegar hasta el tecno-asistencialismo a la brasileña.
Un problema con este escenario es que ni Humala ni sus aliados cuentan con partidos de efectiva implantación nacional e infantería política sobre el terreno, como es el caso de las izquierdas en otros países, en particular la brasileña. Así, la tentación de ayudarse un poco con la Fuerza Armada, hasta donde la Constitución lo permita, puede ser grande. Sobre todo si llega a haber peligro de división en el partido de gobierno.
Por encima de estos tres escenarios hay algunas varas importantes con que la opinión pública va a empezar a medir a Humala. Una es sociomilitar y queda en el VRAE. Es muy probable que la zona ya se esté calentando a partir de lo que se viene avanzando desde mediados del 2011, y cualquier momento del 2012 será bueno para un atentado. Además, los variados intereses del narcotráfico (lavado de dinero, transporte, neutralización del aparato represivo) son uno de los motores ocultos en más de un conflicto de estos días.
Las capturas de cabecillas narcos en la selva y la desarticulación de bandas en la costa norte podrían llegar a tener gran impacto. Pero la medida final del éxito está en el fondo más vinculada a la reducción en la producción/exportación de cocaína. Reducción que de darse recién se vería claro en algún momento del 2013. Es obvio que el camino hacia ese éxito traería en su estela varios conflictos cocaleros. Es poco probable que el 2012 cambie el statu quo narcos-Estado por una guerra en serio.
Otra vara es socioeconómica. El principal desafío del gobierno va a ser primero poner en marcha los programas sociales ofrecidos (para los que se ha presupuestado 32% más que el 2011), y luego lograr que ellos tengan efectivo impacto político. Algo que no alcanzó el gobierno de Alan García a pesar de su importante reducción en las diversas formas de pobreza y sus grandes avances en infraestructura para los hogares. El peligro de no impactar políticamente va a exigir inevitablemente entrar al negocio de la propaganda con fuerza y eficiencia.
Luego está la vara productivista, encarnada por proyectos económicos en marcha como el gasoducto del sur, las concesiones en infraestructura o los esquemas público-privados en petróleo. Dos problemas con esto. Uno es la posibilidad de que una caja fiscal obligada a solventar programas sociales se resista a invertir en producción. El otro, que no se contradice con el problema anterior, es la presión ideológica de quienes insisten en el texto constitucional sobre la subsidiaridad del Estado en economía.
En el tema internacional el Perú seguirá en un limbo pragmático, que consistirá en mantener la anterior política a la vez que se explora tímidamente la posibilidad de una nueva, algo más inclinada hacia la izquierda continental. Dilma Rousseff visitará Perú; Humala visitará Europa y Argentina. Finalmente habrá nombramientos de embajadores para España, Bogotá, el Vaticano, y el anunciado canje de embajadores políticos por profesionales en los países fronterizos.
En la política interna un escenario posible es que los partidos más establecidos –Apra, PPC, Fuerza 2011, Perú Posible y el propio nacionalismo– intenten empezar a competir tímidamente con los radicales locales por una presencia en la calle a partir de sus áreas de influencia, y como una manera de participar en mejores condiciones en la negociación política nacional, que no se está dando en el Congreso, más dedicado a matar sus pulgas.
Para las figuras políticas expectantes va a ser otro de esos años en que no queda sino esperar. No hay elecciones a la vista, y cualquier desgaste del gobierno será muy relativo. Pero igual estos políticos van a tener que ubicarse e interactuar con el gobierno. Alejandro Toledo administrando sus votos en el Congreso, pero siempre inestable y sin proyecto. Alan García rescatando y propagandizando las virtudes de la continuidad. Keiko Fujimori lanzando reflectores sobre los errores que supuestamente ella no hubiera cometido en la presidencia. Tres gobiernos, tres estilos diferentes. Si, como dijimos más arriba, el 2012 llegó en noviembre pasado, ahora veremos cómo el 2011 se prolonga más allá del Año Nuevo: el regreso de las mismas dudas iniciales acerca del rumbo del gobierno, el ritual de aprender a conocer a un nuevo gabinete con rostros poco conocidos en la política, el reordenamiento de las fuerzas políticas en torno de una nueva forma de poder. En cierto modo, podría decirse que julio-diciembre ha sido para Ollanta Humala un semestre perdido, dedicado a la preparación y a la espera.
¿Llegará a fin del 2012 el gabinete Valdés? No con todos sus ministros originales. Pues aunque ya es mucho menos un gabinete de coalición, sigue siendo un gabinete de consenso. Los cambios que se den serán sobre todo porque la protesta social va a seguir allí como una zona de desgaste, y porque ya está apareciendo una agenda militar (gremial y geopolítica) que busca un sitio en la política.
Además, cambiar un ministro para postergar un problema es un gusto fácil de adquirir. ¿Se volverán a poner en marcha las máquinas de Conga? Y si lo hacen, ¿cuándo? Si los estudios dan luz verde, entonces unos cinco meses parece un pronóstico razonable. Si se trata de pronosticar, el gobierno podría ir encargando desde ahora el mismo tipo de reevaluación internacional para todos los proyectos que hacen cola ante el MEM, el Minam y los frentes de defensa.
