Por Mirko Lauer
La presencia de Mario Vargas Llosa en la recta final de las elecciones chilenas lo ubica de lleno en un papel político. Si bien llegó a Santiago con el sombrero de celebridad literaria, el sentido explícito de su viaje ha sido apoyar al candidato de la derecha, de la mano con su colega Jorge Edwards, recién pasado a las filas de Sebastián Piñera.
Que una figura peruana acepte lanzarse al maelstrom de una última semana de elecciones en Chile es un acto arrojado, y Vargas Llosa ha recibido la previsible cuota de ataques desde el bando contrario. Sin embargo su fama internacional ha pesado más que su condición de peruano, y nadie que se sepa ha considerado su presencia una intromisión.
Para Piñera la invitación fue una movida de cierto riesgo. Su visita a Alan García en marzo del 2008 fue vista como negativa para los intereses chilenos en La Haya, a los que habría antepuesto sus intereses comerciales en el Perú. Más de un seguidor de Marco Enríquez Ominami recuerda que su propio candidato se retractó de hacer el mismo recorrido el 2009.
A seis días de la segunda vuelta Opina SA ha detectado 52.9% para Piñera y 47.1 para Eduardo Frei en las tres principales ciudades. Ventaja que algunos llaman significativa, pero que nadie llama una avalancha. Si Piñera ha invitado a Vargas Llosa es porque lo necesita en estas circunstancias. ¿Para qué, exactamente?
Quizás el bien trabajado discurso de Vargas Llosa sobre la libertad y la democracia es el tipo de antídoto que Piñera precisa frente a la persistente campaña de la Concertación que asocia su candidatura con una vuelta del pinochetismo. Una figura de alto perfil en la derecha liberal, y en consecuencia antidictatorial, es lo que se necesitaba.
No sorprende, entonces, que más de un periodista chileno le esté haciendo notar al escritor que detrás de la candidatura que defiende hay muchísimas personas contrarias a las ideas de libertad, liberalismo, laicismo y democracia que él postula. Ideas que, de otra parte, la Concertación ha promovido desde el gobierno durante 20 años, le recuerdan.
Para Vargas Llosa la faena tiene, al menos en lo externo, algo de viaje a las antípodas: en Lima hoy los ataques le vienen sobre todo desde la derecha por su antifujimorismo y por encabezar el proceso del Museo de la memoria. Aun así, la izquierda en el Perú lo coloca sin vacilar en el campo de los apoyadores del gobierno de derecha de Alan García.
Si Piñera gana Vargas Llosa habrá aportado su grano de arena a esa victoria, y a partir de allí más de un candidato peruano esperará del novelista una ayuda parecida. Aunque Vargas Llosa no da la impresión de estar del todo reconciliado con los usos y costumbres de la política peruana, esta se le está acercando cada día más.
