Por Mirko Lauer
La gira de Álvaro Uribe por media docena de países para explicar su inminente acuerdo militar con Washington es un signo de los tiempos. Cuando se firmó el Plan Colombia hace casi un decenio no hubo mayores reclamos, y se le vio como un urgente alivio interno frente a la alianza FARC-narcotráfico. Lo mismo que dice Uribe sobre el acuerdo que firmará en algún momento de este mes.
Lo que ha cambiado es la inocultable internacionalización de un problema que antes parecía exclusivamente colombiano. Las simpatías de Hugo Chávez por las FARC son evidentes, y los indicios de colaboración de los gobiernos de Ecuador y Venezuela con las FARC están sobre el tapete, a partir de acusaciones de Colombia. La famosa laptop de Raúl Reyes fue capturada en una invasión a territorio ecuatoriano.
Lo que piensa hacer Uribe es facilitar el acceso de los militares de EEUU a tres bases militares colombianas. Sin duda es un paso adelante respecto de la colaboración técnica, logística y de equipo del Pentágono en el marco del Plan Colombia, pero no parece ser –como señalan los críticos– un reemplazo de la base militar estadounidense que los ecuatorianos están cerrando en Manta.
La ayuda de la región a Colombia en su predicamento con las FARC y el ELN ha sido casi nula. Lo cual le da un giro irónico al temor de que acudir a la ayuda de Washington ahora podría aislar a Colombia. En todo momento el dólar petrolero de Chávez ha pesado más en buena parte de la región que los peligros para la democracia colombiana. Hoy ese petróleo está pesando incluso más al norte.
Pero en el fondo las explicaciones de Uribe no van a calmar a nadie, en la medida que su decisión no consiste tanto en abrirles más puertas a los EEUU (varios de los países de su gira mantienen históricas relaciones con el Pentágono, como en el caso de la Operación Unitas), sino en irritar a Chávez y el ramillete de sus gobiernos amigos, sin los cuales se ha vuelto difícil moverse en la geopolítica latinoamericana.
Pero en un mundo en que Venezuela da una acogida inaugural a la flota rusa en sus aguas caribeñas, y Bolivia anuncia la compra de US$100 millones en armas y aviones rusos, y China es acogida por diversos países a todos los niveles, y cuadros cubanos pululan por todas partes, un gesto como el de Uribe ya no se ve tan bananero como lo hubiera sido en otros decenios. Salvo que uno se crea lo del socialismo del siglo XXI.
La gira tampoco le va a resolver a Uribe o a su sucesor los entredichos causados por un desborde de la influencia FARC hacia sus vecinos Ecuador y Venezuela. Las pruebas mostradas por Uribe (dinero a la campaña de Rafael Correa o armas suecas llegadas desde Caracas) han sido cuestionadas por los afectados. Pero nadie hasta ahora ha dicho que ese tipo de arreglo bajo la mesa es simplemente imposible.
