Una vez más, el destino político inmediato de Óscar Valdés se ha puesto misterioso. Los sucesos de Celendín han reactivado la campaña de los líderes de la protesta cajamarquina y de los disidentes de Gana Perú reclamando su salida. Lo cual podría terminar siendo para Ollanta Humala un punto a favor de su permanencia en el premierato.
Una declaración de la vicepresidenta Marisol Espinoza, en el sentido de que Valdés “no es un vocero válido” para el conflicto de Conga, tolera dos lecturas. Una es que Valdés debe irse. Otra es que simplemente debe aparecer otro vocero, presumiblemente una figura ad hoc. De pronto, hasta un mediador ajeno al oficialismo.
Los defensores de Valdés, que no son muchos, esgrimen un argumento que también es ambivalente: debe quedarse porque sacarlo equivaldría a una victoria de la protesta. Es decir, no debe permanecer por sus propios méritos, sino por una consideración táctica. Algo así como que darle gusto a Gregorio Santos y compañía complicaría la situación.
Valdés ya ha dado la impresión de estar a punto de salir o de quedarse varias veces antes. Esto ha ido acompañando los vaivenes del conflicto en torno a Conga. La idea de su salida cobró velocidad de crucero apenas se le identificó con las políticas de mano dura frente a los conflictos, la cuales él ha venido respaldando con ásperas declaraciones.
Pero Humala ha mantenido la política que supuestamente iba a derribar a Valdés. Los últimos acontecimientos de Celendín son parte de ello, de modo que la lógica sugiere que por el momento Humala no tiene motivos para cambiarlo. Salvo que esté pensando ya en una estrategia diferente para los conflictos, de lo cual no hay indicios en el mercado.
Los chismes que circulan en efecto hablan de un Humala interesado en conservar a Valdés, frente a otras opiniones que quisieran un nuevo primer ministro. Pero insistimos en que un cambio de premier sin cambio de política sería un simple enroque, con un recién llegado que se encontraría en similar situación a las pocas semanas.
La postura de Espinoza quizás le entreabre una puerta a Humala: nombrar un zar de conflictos y una figura con autoridad social propia (dos personas distintas) para enfrentar la cuestión cajamarquina, y dejar a Valdés como una figura ornamental. Útil además para atraer rayos opositores que no le caerán directamente al presidente.
Con el día 28 a tiro de piedra, el cubileteo ministerial se debate entre cero cambios ministeriales, como imagen de persistencia, o no menos de seis cambios ministeriales, como imagen de flexibilidad. Cambio de caballos en pleno cruce del río, o caballos frescos para la larga jornada que se viene. Todo es costo político en estas Fiestas Patrias.
