Por Pepi Patrón
Curiosas las coincidencias de la vida. Por un lado, se saluda con apasionado y mediático entusiasmo el Oso de Berlín obtenido por la película de Claudia Llosa La teta asustada que, como todos sabemos aunque no la hayamos visto, ofrece una mirada sobre el particular y persistente dolor causado a las mujeres violadas durante la violenta guerra que inició Sendero Luminoso en nuestro país. Por otro, también de Berlín viene la oferta de donar al Perú dinero para construir y mantener un Museo de la Memoria que, entre otras manifestaciones artísticas y culturales, exhiba la muestra fotográfica Yuyanapaq, organizada en su momento por la CVR y ahora bajo el cuidado de la Defensoría del Pueblo. A diferencia del Oso, esta donación no ha sido bien recibida; en realidad, ha sido rechazada. Sorprendente. Deprimente.
Para seguir con las coincidencias, tuve la oportunidad el año pasado de visitar el Museo del Holocausto de la misma ciudad de Berlín. Experiencia fuerte y extraordinaria. Se recorren largos pasillos, oscuros, en los que se presentan diferentes aspectos de la guerra, de la historia, de la experiencia vivida y padecida. Luego se llega a un extraño patio, explícitamente diseñado para tal efecto, con el piso irregular y con columnas huecas de distintos tamaños y alturas; se tiene la sensación literal de perder el piso, de mareo, de desolación. Desconcierto humano, de la entraña, de angustia frente a un sufrimiento innecesario. Después, al final, una gran construcción cerrada de cemento, como un gran tubo; la oscuridad, el silencio y arriba, muy arriba, un pequeño rayo tenue de luz que entra desde lo alto. Créanme que no se piensa en facciones, en bandos o en interpretaciones contrapuestas. Se siente el dolor de otros seres humanos, su angustia; sin diferencia de si eran judíos o gitanos o comunistas o indefensos soldados. Es la fuerza de lo simbólico. Al final, la luz, la esperanza. Esto en Berlín; sí la misma que fue capital del régimen de Hitler. Allí solo se nos invita al recogimiento y la reflexión.
Esa es la intención de los museos de la memoria, de los memoriales. No enfrentar sino unir. No dividir sino conciliar. No separar, sino sentirnos en nuestra humanidad común. Parecida a la sensación que tuve las veces que visité la muestra Yuyanapaq. Yo, como muchos, la viví como una invitación a mirarnos a nosotros mismos como seres humanos, como ciudadanos, en nuestro caso como sociedad peruana que hizo posible tanto dolor y sufrimiento. Los museos no son para satanizar a los militares o a los policías. Son para sentir, recordar e invitarnos a pensar.
¿Por qué un museo de la memoria en el Perú? Se piensa en espacios de recogimiento, de reparaciones simbólicas, individuales y colectivas. En el caso de daños sufridos, la memoria compartida tiene efectos terapéuticos en el individuo, al permitirle romper el aislamiento de la conciencia afligida por recuerdos traumáticos. Hace posible el reconocimiento del otro, de los otros, de su sufrimiento. La reconciliación es posible cuando los miembros de la comunidad y el Estado enfrentan la verdad de los hechos violentos y extraen, además, las lecciones necesarias para que ello no vuelva a repetirse. Para que la reconciliación tenga sentido deben examinarse críticamente las condiciones precarias del vínculo social que favorecen el conflicto: la pobreza extrema, el racismo, la exclusión, la impunidad. Hay que, pues, como en la película, poder mirarlos, mirarnos. También tiene, pues, un propósito educativo fundamental.
Por lo dicho es que me sorprende la radical diferencia de reacciones frente a lo que nos viene de Berlín. En un caso entusiasmo, en otro rechazo. En esta misma columna he manifestado muchas veces mi sorpresa sobre la capacidad de algunas de nuestras autoridades de cambiar de opinión de manera radical. Quisiera que en esta oportunidad fuera el caso. Así como el gobierno alemán parece dispuesto a seguir considerando su ofrecimiento, también el nuestro debería reconsiderar su decisión sobre este otro regalo de Berlín.
