Por Pepi Patrón
Confieso mi absoluta y honesta indignación luego de ver el famoso comercial del gobierno sobre los lamentables y, a mi juicio, evitables acontecimientos en Bagua. Ver las escenas de lo sucedido, la crueldad de unos y otros, solo puede devolvernos a escenas que ya no queremos ver más; peruanos matando peruanos por temas que se pueden y se deben resolver hablando. Esa es, justamente, la diferencia entre violencia y política. La violencia comienza allí donde acaba la política, decían los griegos que inventaron la democracia. La violencia es muda, decían, porque implica la cancelación del diálogo, de escuchar la palabra del otro.
Creo que, precisamente, lo que debió ser resuelto políticamente fue trágicamente encarado por las armas.
Lamento tener que decir que creo que esta vez los grandes responsables de haberla provocado son los propios responsables de dirigir la vida política del país y de representarnos a todos, sí señores, a todos. La propia mayoría del Congreso, en un acto de provocación que ahora quiere corregir “suspendiendo” el decreto en cuestión, eludió su responsabilidad y respondió a una población ya indignada y exacerbada que no podía pronunciarse sobre el tema hasta tener los resultados del diálogo entre indígenas y Ejecutivo. ¡Qué oportunos! Su propia Comisión de Constitución había pedido la derogatoria y no se pronunció. Los resultados están a la vista.
¿Qué nos dice el famoso comercial? Que los indígenas son extremistas que actúan por consignas internacionales. Que los policías muertos son personas humildes que no fallecieron en enfrentamientos, sino que fueron asesinados. Lo cual probablemente sea cierto pero, que yo sepa, los indígenas que habitan la selva amazónica, mucho antes de cualquier retórica sobre perros y hortelanos, también son personas humildes, también son pobres y también son ciudadanos del Perú.
¿Saben la impresión espantosa que me quedó después de ver ese spot publicitario? Que en el Perú no todos somos ciudadanos en sentido pleno y que todavía hay ciudadanos de segunda y de tercera. Más grave aún, que también hay muertos de segunda y de tercera. Por supuesto que muy lejos de mis palabras y de mi indignación la intención de exonerar de responsabilidad por los horrorosos asesinatos de policías desarmados y maniatados. Ellos, que salen a defendernos a todos, a recuperar un bien común (una carretera o una planta) terminan siendo asesinados cuando ya no podían defenderse. Pero todos son seres humanos, iguales en dignidad, muertos, que dejan vacío, mucho dolor y vidas truncas.
Si volvemos a aceptar que hay muertos de segunda, estaremos dando señales de que no hemos aprendido absolutamente nada de dos décadas de violencia y asesinatos. Tampoco hay pues, como pretenden quienes proponen dos museos distintos, víctimas de diferente dignidad, de primera y de segunda. ¡Así no se construye comunidad política, ni ciudadanía ni una república!
Siempre he tenido la impresión, tal vez porque me dedico a enseñar, que los seres humanos somos todos capaces de aprender.
Aprender de los libros, de los otros, de la diferencia, de la vida, de las experiencias vividas, del propio dolor. Pero esta semana me ha asaltado, con angustia, la terrible duda de si en relación con nuestros propios conciudadanos, hemos aprendido algo de tantos miles de muertos de los años ochenta y noventa y también de esta década.
No me gusta, normalmente, terminar esta columna con desesperanza o pesimismo. Siempre me inclino por el vaso medio lleno. Pero, con toda franqueza, esta semana entre nuestros niños muriendo de neumonía en Puno, los policías e indígenas en la Amazonía matándose en muertes anunciadas que pudieron evitarse y, ahora, algunos medios de comunicación que van de mal en peor, volviendo a manos de quienes recibieron en propias manos (y en bolsas) dineros de todos los peruanos y promoviendo a periodistas seriamente cuestionados, me queda la perplejidad y la indignación de una ciudadana que estos días sí ve el vaso medio vacío. Quiero expresar mis sinceras condolencias a los familiares de todos mis compatriotas muertos.
