Por Maritza Espinoza
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David Letterman, el entrevistador estadounidense que se hizo popular en nuestro país porque Jaime Bayly -en sus inicios- le copió hasta las muecas, acaba de protagonizar un significativo episodio: un extorsionador que le pedía dinero a cambio de no contar, en un libro, lo que sabía sobre su agitada vida sexual, terminó detenido, mientras Letterman hacía un rating histórico contando la historia en su show a su manera: había tenido contactos non sanctos con miembros de su equipo y lo hacía público para proteger a las “implicadas”. Podría decirse que, en este caso, triunfó la verdad, lo que indicaría que, para las celebridades, es mejor airear los secretos incómodos antes que jugar al secretismo. Gracias a eso, a estas alturas, nadie osa burlarse de la homosexualidad de Elton John, de la bisexualidad de Megan Fox o de la afición de Madonna por los jovencitos. Todos ellos, como Letterman, saben que ocultar la verdad no sólo los haría presos de extorsionadores y vividores, sino víctimas de especulaciones dañinas para terceros.
En Chollywood, en cambio, casi todos los “destapes” han sido forzados a la mala. No nos olvidemos, por ejemplo, cuando Beto Ortiz sacó a Carlos Cacho a patadas del clóset y, luego, fue, a su vez, desalojado a golpes del suyo por Magaly Medina. Jaime Bayly jugó por mucho tiempo a la ambigüedad confesional en sus libros, con un doble discurso para el Perú y para España, hasta que decidió sincerarse con todo el mundo. Los cuernos de Gisela han sido ventilados siempre por terceros (Medina, para variar) y la mayoría de las infidelidades, escapadas, borracheras y otros pequeños vicios del resto de la farándula han sido ventilados siempre sin permiso de sus titulares (o, peor, contra su voluntad).
Que yo recuerde, no se ha dado, en nuestra Lima pacata y chismosa, ni un solo caso de una cholíbrity que se haya liberado declarando sus verdades sin que nadie lo obligue. Y no es que no haya secretillos inconfesados por ahí, al contrario: hay más de un famosillo que se guarda en el clóset o que pretende disimular cuernos y vicios que, en la práctica, son vox pópuli. Está en su derecho, pero sería una gran cosa que alguno sacara coraje y decidiera, sin presiones externas, demostrarnos que tiene el valor de vivir con la verdad. Sería un gran ejemplo. Y, a la luz del caso de Letterman, podría hasta usarlo a su favor.
