Por Maritza Espinoza
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Me provoca comenzar esta columna con puros condicionales: la señorita Claudia Cisneros tendría la credibilidad en el piso, porque habría sido tan irresponsable como para publicar un rumor sin fundamento, que le habría contado, como si fuera una verdad bíblica, su compañero de radio y televisión, Phillip Butters, con quien, en estos momentos, estaría en una guerra a muerte, que tendría, enfrentados a morir, a varios personajes de una radio y un canal de televisión.
Pero, claro, no puedo probar nada de esto y lo único evidente es que Claudia -y Raúl Vargas, quien lo rebotó en RPP y ahora pasa piola de lo lindo- dio la patinada del año y cometió un error que la perseguirá el resto de su carrera.
Pero Cisneros, una periodista de perfil sobrio, cometió otro error gravísimo, y ahora ya no me refiero al infundio que lanzó sobre el supuesto nuevo hijo del presidente García.
Su pecado, como el de muchos colegas de soberbia, fue querer minimizar su monumental metida de pata. Lo que pudo haber sido una simple y sobria disculpa del tipo “Me equivoqué, lo siento, díganme qué debo hacer para enmendar el error”, se convirtió en una autodefensa cantinflesca que pasará a la historia del periodismo.
Primero, trató de escudarse en el condicional. Luego, quiso echarle la culpa a una fuente no identificada (que, según el blog Reportaje al Perú sería el inefable Butters). Después, pretendió escurrir el bulto arguyendo la validez de abordar la vida privada del Presidente, algo que nadie discutiría si habláramos de información veraz. Finalmente, se disculpó, pero lo hizo mal, pues pretendió erigirse en quien decidía cuándo y cómo se zanjaba con el vergonzoso tema.
Tras 30 años de ejercicio profesional, he aprendido algo que distingue a los verdaderos periodistas de quienes toman los logros en esta profesión como el cleenex con el que frotan sus malheridos egos: la disculpa de un periodista debe ser confesional.
Que se sepa, decir “me arrepiento, me equivoqué, nunca más lo haré” no ha matado a nadie.
