Por Maritza Espinoza
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“Deves quitarle el 90 por siento de lo que gana, si quiere hacer su vida, que pague”, rezaba el SMS en el que una lectora declaraba su apoyo a Marisol Aguirre frente a la osada pretensión de su ex marido, Christian Meier, de que también se moje en algo con la manutención de sus tres hijos.
El mensaje resume a la perfección los sentimientos que el caso del Zorro y el Gorrión ha despertado en muchas mujeres y podría ser muy bien el título de un nuevo estudio sobre género. Porque, en el debate que ha provocado, lo último que le ha interesado a la gente son los argumentos financieros o las reflexiones jurídicas, y todos hemos caído en la tentación de hacer especulaciones afectivas.
Es que el asunto de la manutención de los hijos de Meier y Aguirre no es un simple tema de sumas y restas, porque es imposible cuantificar, en soles, toda la carga de despechos, hartazgos y desamores que fluyen de este caso. Para mucha gente, el Zorro y el Gorrión no son sólo dos celebridades en conflicto, sino las miles de parejas que viven el duro trance de la separación. Para ellos, Marisol no es sólo Marisol, sino todas las mujeres que castigan el desamor con la exigencia financiera. Y Christian no es sólo Christian, sino todos los hombres que quisieron pagar con dinero sus sentimientos de culpa y que luego se dieron cuenta, espantados, de que hicieron el peor negocio de sus vidas.
Sí, Marisol aportó cuando estuvieron casados, pero ya no lo están más, dirán algunos. Sí, pero Meier es quien es porque Marisol se ocupó de sus hijos, dirán otros. Sí, pero Marisol obtuvo grandes beneficios en ese período, señalarán muchos.
Sí, pero Christian no puede pagar eternamente, en imagen y dinero, un sacrifico que ella asumió voluntaria y libremente. Y así al infinito. Lo único cierto es que, en la mentalidad atávica de mucha gente, un hombre todavía tiene que pagar en contante y sonante el atrevimiento de haber dejado de amar a una mujer.
