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Sapo innecesario

Por Maritza Espinoza
mespinoza@larepublica.com.pe

Hacer que a tu patrón se le atragante la torta en pleno cumpleaños es una de esas faltas no escritas que pueden mandarte de patitas a la calle, pero a Beto Ortiz solo le ha costado la mayor agachada de cabeza que se recuerde en la tele.

El pobre tuvo que tragarse un sapo enorme y desabrido –más, suponemos, que la lengua de Oscar Gayoso– y disculparse, caballero nomás, con Jaime Bayly, quien impuso esa condición en la conversa a puertas cerradas que mantuvo el jueves con el gerente general del 2, Javier Urrutia.

Beto, para variar, cayó de nuevo víctima de su propio temperamento. Mantendrá la chamba, eso sí. Como están las cosas en la tele, la Magdalena no está para tafetanes. Pero es una pena ver cómo un tipo con su tremendo talento comete un error cuyo desenlace era previsible desde aquella columna en Perú 21 en la que salió, lanza chueca en ristre, a arremeter contra la estrella mayor del canal latino, el nuevo divo de la política nacional y figura re top de la “literafashion”.

Lo que no llegamos a entender es qué pulsión mueve a Beto a irse de cara de este modo. Los simplones de siempre dirán que es la envidia. Pero, ¿acaso tiene Ortiz menos talento que el Tío terrible? No lo creo. Para muchos, como escritor, es superior, y dicen los entendidos que el realismo sucio de sus novelas lo convierte en una especie de Bukowski cholo, nada menos.

De otro lado, en la televisión ha tenido una carrera, de lejos, más diversa y creativa, y ha transitado, con brillo, entre el reportaje, la conducción y la entrevista, único género en el que su, ejem, rival, ha destacado.

Pero Bayly, pues, nació, como dicen las abuelitas, con estrella. Y Beto, como corresponde a un escritor maldito, un poquito estrellado, aunque, por razones que solo entenderá su sicoanalista, se ha empeñado en hacer una carrera paralela en la que siempre ha quedado de segundo.

Tal vez después de esto Beto entienda que, para él, es mejor olvidarse de esa extraña competencia en la que su rival apenas lo empelota, ocupado como está en ser la estrella de una fiesta en la que, para variar, el único invitado es él.

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