Por Danilo Arbilla
El senado de Brasil, a cuyos miembros Hugo Chávez ha calificado de “loros de Washington”, parece que finalmente, tras una negativa de casi dos años, aprobará el ingreso de Venezuela al Mercosur. Y esto pese a que los propios senadores dicen que Chávez “gobierna de forma dictatorial”, que “ha tomado medidas que van hacia el desmoronamiento de la democracia y los principios democráticos” y que “ha violado sistemáticamente la libertad de expresión y otros derechos humanos, al tiempo que le reclaman “una Navidad sin presos políticos en Venezuela”. Es más, no tienen dudas de que el ingreso de Venezuela a la asociación “es un riesgo” y que Chávez es un factor de “división y desintegración en Suramérica”. El senador opositor Arthur Virgilio afirmó que con ese ingreso se le dará “un golpe de muerte al Mercosur”, aunque quizás se equivoque porque ya hace tiempo que está muerto: solo se trata de un sello o un fantasma del que, eso sí, Brasil saca muy buenos réditos. Prácticamente todos los legisladores piensan–como lo ha destacado hasta el propio vicepresidente José Sarney– que esta Venezuela de Chávez no cumple para nada con la cláusula democrática del Mercosur; sin embargo, igual aprobarían el ingreso.
Tiene más peso el argumento económico: el ingreso de Venezuela convertirá al Mercosur en un bloque con 250 millones de habitantes, 76% del PBI sudamericano y un comercio de 300 mil millones de dólares. Pero esto es en los papeles: el dato práctico que mueve a Brasil es que su intercambio comercial con Venezuela, que se triplicó desde 2003, arañó los 5.700 millones de dólares el año pasado. Es, además, el país con el que Brasil tiene el mayor saldo favorable en su balanza.
Por otro lado, Brasil percibe a un Chávez más debilitado y no teme como en un pasado reciente a la eventual alianza regional venezolano-argentina. En estos días, mientras Lula se encuentra en Caracas con Chávez y hablan de integración y de fortalecer al Mercosur, las aduanas brasileñas cierran el paso a centenares de camiones argentinos –pese a los contratos y convenios firmados– portadores de mercaderías perecederas por centenares de millones de dólares. Esta conducta brasileña no es una novedad –la han sufrido ya los uruguayos– y constituye una de los mayores burlas a la integración.
Se trataría de una respuesta o represalia frente a una caída de sus exportaciones a Argentina, con la que, por supuesto, tiene saldo favorable. En eso Brasil no cede: entre enero de 2004 y setiembre de 2009, el saldo positivo comercial de Brasil, en detrimento de sus vecinos, Argentina, Paraguay y Uruguay, ha sido de 26 mil millones de dólares. Pero parece que no le bastan. Según el empresario argentino Pedro Bergaglio, a Brasil “solo le interesa acumular superávit comercial” y el Mercosur “es una forma de ganar territorio imponiendo una política comercial muy cercana a la depredación”.
Todo hace pensar, entonces, que Itamaraty trata ahora de incorporar a ese territorio a Venezuela, con un Chávez algo en descenso, y al que ha logrado amarrar mejor. Solo restaría para ello la aprobación de Paraguay: Lugo ya está, pero en el Congreso no hay votos. Todos los analistas prevén que habrá presión del “vecino imperial“, porque en el campo económico y comercial poco importan los acuerdos y compromisos firmados y mucho menos las cláusulas sobre principios y valores democráticos.
