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¿Golpe de estado o farsa tercermundista?

La sentencia que condenó por diversos crímenes a Alberto Fujimori es, sin duda alguna, el más importante logro del usualmente criticado sistema de justicia peruano. La sentencia, consecuencia de un proceso llevado con limpieza, transparencia y adecuado raciocinio jurídico, se estudia en muchas facultades de derecho en todo el mundo por su carácter ejemplar y porque casi nunca los países han tenido el valor de llevar adelante juicios de esa naturaleza a sus ex gobernantes. Mérito de todos los jueces y de los fiscales que intervinieron y de la sala presidida por el Dr. San Martín, hoy presidente del Poder Judicial.

Cabe advertir que el proceso judicial que la sociedad peruana interpuso contra Fujimori no fue por todos los crímenes que cometió, sino por los que el proceso de extradición hizo posible. El comportamiento en el proceso del entonces inculpado fue soberbio y sin arrepentimiento alguno a pesar de la contundencia de las pruebas, tal como fue filmado y difundido. Fue presenciado por varios de sus seguidores que hoy continúan en la lucha política y por sus hijos que recibieron públicamente la orden de continuar batallando por su liberación. Lo cual fue un agresivo envite no sólo a quienes lo juzgaron sino a todos aquellos que buscaron y lucharon para que se hiciera justicia, en nombre de los que tuvieron que soportar las tropelías del régimen autocrático liderado por el japonés.

Golpe de Estado, dice el diccionario de nuestra lengua, es la medida grave y violenta que toma uno de los poderes del Estado, usurpando las atribuciones de otro. El triunfo en las próximas elecciones de K. Fujimori, congresista ausente y beneficiaria directa de los robos de su padre, significará no sólo el regreso de una mafia que saqueó al país y destruyó a las instituciones, como lo habían hecho antes Chile en la Guerra del Pacífico en el siglo XIX, Alan García y el APRA en su primer gobierno, y Sendero Luminoso y el MRTA después, en el siglo pasado. También su triunfo será el de un nuevo y nada simbólico golpe de Estado.

Porque si gana K. Fujimori su padre Alberto saldrá libre o vivirá quizá simuladamente aislado, como un príncipe oriental. Si ello así sucede lo habrá hecho sin las armas de Hermoza, sin los videos de Montesinos, sin las pertinaces mentiras de los propietarios de medios que se vendieron y de las infamias que siguen expulsando sus pongos de ocasión, sino por el mayoritario voto popular. ¿Que en ciertas ocasiones el pueblo se equivoca? Sí, es cierto, pero su mandato aún equivocado suele ser como la hoja de un puñal, cortando de cuajo las posiciones contrarias aunque sean razonables y equilibradas.

Así, pues, estamos notificados, y que cada quien asuma la responsabilidad que le corresponda frente a un indeseado triunfo de K. Fujimori. Mientras no pocos profesionales, y un buen porcentaje de medios, se escandalizan porque se han hecho propuestas para modificar tal o cual artículo de la Constitución mediante los procedimientos legalmente establecidos, tal como se hace en todas las democracias dignas de tal nombre, al mismo tiempo promueven un golpe de Estado sin inmutarse, pues el Poder Ejecutivo –el de ahora de A. García o el futuro de K. Fujimori– tomará la medida grave y violenta contra la decisión del PJ expresada en la antes referida ejemplar sentencia, que se concretará en excarcelar a Alberto Fujimori, sea por una leguleyada o porque el padre de la joven presidenta no podrá estar en esa desdorosa situación.

Y si no fuera así, Fujimori tendrá grandes beneficios en el lugar en que domicilie, y su aparente prisión será una farsa convenida, donde las risotadas acallarán todas las proclamas y luchas que dieron nacimiento al Perú moderno y que dan sustento al ideal republicano. Y el país volverá a ser entonces, para satisfacción de nuestros cercanos enemigos, el albañal que construyeron y por cuya restauración vienen bregando.

Si tal desgracia ocurriera, no debemos desmayar en el empeño, que muchos de diversas tiendas políticas que nos antecedieron también tuvieron, de construir la república democrática que nos convoque con alegría y con esperanza.

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Baldo Kresalja Baldo Kresalja

Baldo Kresalja Roselló estudio Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y es Magister de la  Escuela Superior de Administración de Negocios, ESAN (MBA).
Es profesor pirncipal en la Facultad de Derecho de la PUCP y participa de los programas de Derecho en la misma casa de estudios.
Fue Presidente de directivos en la Conferencia Anual el CADE 2000-2001 y estuvo como mienbro en la Iniciativa Nacional Contra la Corrupción (2001), la Comisicón de base para la refroma Constitucional (2001),  y el Consejo Nacional de Educación (2002-2003).
Durante el Gobierno del presidente Alejandro Toledo tuvo a su cargo el Ministerio de Justicia, del 16 de febrero de 2004 al 22 de julio de 2004.