Por Baldo Kresalja R.
El desconcierto y el miedo producto del resultado del último acto electoral, con ayuda de algunos medios, parecen haberse instalado en nuestras ciudades. Muchos se preguntan si estamos ante una edad oscura y catastrófica o frente a un renacimiento pacífico y feliz. Para enfrentar el dilema ya no se organizan como antaño novenas y ritos oratorios, porque la antigua y poderosa codicia a muchos los ha hecho ahora descreídos y adoran a las encuestas que pagan los medios, los espectáculos del fútbol y la mezcla no siempre refinada de alimentos, pero sobre todo el entretenimiento que propaga míseramente la caja boba.
Como a casi todos en el Perú de hoy les preocupa el porvenir, habremos de preguntarnos cuál será el dios/la ideología/la opción que ocupará el altar ahora vacío. Creo que deberán ocuparlo, solo temporalmente, algunos –mejor en este caso el politeísmo– que sean gente de convicciones democráticas y que lleven a los pueblos el entusiasmo contagiante de los valores de la ilusión. Porque el Perú necesita ilusión; ella es el motor para construir el porvenir y combatir las carencias morales que nos agobian. De los dos candidatos que ahora quedan –Humala y Fujimori –, ¿hay alguno capaz de llevar con fuerza la antorcha de la ilusión?, ¿es acaso probable que uno nos lleve a la edad oscura y otro al renacimiento republicano?
A Humala se le critica por el pasado de algunos de sus acompañantes y por un programa que tiene excesos inviables. A Fujimori y a sus aliados por su probada conducta autoritaria y delictiva. El primero ha dicho lo que piensa hacer, y ello no a todos satisface. Fujimori casi siempre ha callado, pero enfatizó que su padre, traidor y cobarde, que la tuvo como cómplice, es un ejemplo a seguir. ¿Qué es mejor en asuntos públicos: decir o callar? ¿Cuál conducta implica respetar al ciudadano? ¿Por quién nos inclinaremos, a quién favoreceremos más allá del miedo y la codicia?
Podría ser Humala, pero tendrá que hacer algunos deberes. Si los hace, comprobaremos entonces su estatura. Tendrá que decir, por ejemplo, que la Cuba comunista está moribunda y que la Venezuela de Chávez no es democrática. Tendrá que reconocer que para la inmensa mayoría de ciudadanos el ahorro, grande o pequeño, ha sido ganado con el sudor de sus frentes. También que el Estado suele ser un mal administrador, que hay que atarlo institucionalmente para que haga muy bien lo que es indispensable hacer y que ahora no hace. Pero a su vez deberá enfrentar el abuso de los intereses agiotistas, la degradación del territorio, y deberá convencer de que no se pueden hacer políticas sociales progresistas sostenibles sin impulsar políticas económicas de igual signo. Las regalías mineras, las concesiones de los puertos, el rol de Petroperú, etc., todo ello es opinable y coyuntural. No lo es el derecho de los pueblos indígenas a ser escuchados, los derechos laborales a ser respetados y la lucha implacable contra la corrupción.
En otras palabras, para ganar y tener un amplio apoyo no le servirá de mucho a Ollanta Humala el vago e incierto nacionalismo.
Tendrá que emigrar hacia la experimentada y en mucho triunfante socialdemocracia, hacer realidad la economía social de mercado y promover la información y opinión plural, luchar por la hasta ahora negada construcción del Estado Social y Democrático de Derecho. Es esto lo que constituye el ingrediente vital del triunfo de la ilusión por un país mejor, aquello que no podrá dar jamás la sucia autocracia fujimorista.
