En las sociedades pluralistas de nuestros días lo que comparten los ciudadanos no son sus particulares proyectos de felicidad, que ninguno tiene derecho a imponer a otros por la fuerza, representación de una ética de máximos. Ese pluralismo no significa que no haya nada en común que compartir, sino más bien todo lo contrario, pues permite que los miembros de una sociedad con ideales morales distintos, tengan en común unos mínimos morales innegociables, y no porque se los hayan impuesto por la fuerza, sino porque han llegado a la convicción de que no pueden renunciar a ellos para el logro de una vida en común. La ética cívica es una ética de mínimos, propia de ciudadanos y no de súbditos, y estrechamente ligada al concepto moral de autonomía.
La ética cívica nace, pues, de la convicción de que somos ciudadanos capaces de tomar decisiones de un modo moralmente autónomo. Y los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad están vivamente presentes, porque sin ellos las personas no pueden realizarse en su autonomía. En efecto, esos valores concretados en los DDHH y en la tolerancia activa constituyen el caudal de la ética cívica en las democracias liberales de nuestros días. En este sentido, las instituciones y las empresas deben impregnarse de esos valores, respetarlos y promocionarlos en su quehacer cotidiano para estar legitimadas a actuar.
Dice Adela Cortina que “la ética cívica consiste en ese mínimo de valores y normas que los miembros de una sociedad moderna comparten, sean cuales fueren sus cosmovisiones religiosas, agnósticas o ateas, filosóficas, políticas o culturales; mínimo que les lleva a comprender que la convivencia de concepciones diversas es fecunda y que cada quien tiene perfecto derecho a intentar llevar a cabo sus proyectos de felicidad, siempre que no imposibilite a los demás llevarlos también a cabo”.
Es la convicción de que son necesarios esos mínimos éticos, lo que permite criticar por inmoral el comportamiento de personas, instituciones y empresas que los violen. Conductas corruptas, tráfico de influencias, falta de transparencia, publicidad engañosa, ausencia de compasión por los más débiles son, por ejemplo, algunas de las actuaciones que suelen generar críticas.
No todo es, pues, opinable y subjetivo como algunos suponen, pues existen en materia de moral exigencias y valores comunes, sobre los cuales es posible argumentar y llegar a acuerdos. Las sociedades más libres son, precisamente, aquellas en que la necesidad de regulación legal es menor porque los ciudadanos actúan correctamente, convirtiendo así a la ética en rentable y permitiendo ahorrar en la producción de leyes, juicios y sanciones.
Ahora bien, la “obligación” de respetar normas éticas se fundamenta en el hecho que ellas son expectativas de comportamientos individuales y sociales; si nuestras conductas fueran totalmente imprevisibles no podríamos proyectar nada porque ignoraríamos el comportamiento de los demás. Justamente, las sociedades subsisten y se desarrollan porque en ellas se producen unas regularidades en el comportamiento que constituyen su estructura; de ahí que podamos hablar de una sociedad y no de un conglomerado de individuos atomizados.
Ello no debe llevarnos a pensar que dichas reglas no puedan ser cuestionadas y sustituidas por otras, porque los usos y las costumbres cambian con el paso de los años, pero en asuntos vinculados a la justicia se requiere algo más que seguir una moda, por naturaleza pasajera, y atender si los cambios favorecen a los seres humanos como tales, desde la perspectiva de su universalidad.
Las sociedades de nuestros días tienen la necesidad de generar entre sus miembros una identidad en la que se reconozcan y que les haga sentirse pertenecientes a ellas, pues sin esa adhesión resulta imposible responder a los retos que plantea la vida moderna, que a diferencia del individualismo hedonista, obliga a soportar cargas de la vida en común. De ahí que sea necesario fortalecer el hogar público, que se encuentra más allá del hogar doméstico y de la economía de mercado, y que satisface necesidades y aspiraciones de todos. Ello fomentará un sentido de pertenencia a una comunidad y un afán de participación a través del ejercicio de la virtud moral de la civilidad.
