Por Luis Pásara
El asunto se inició con las declaraciones del vicepresidente electo Omar Chehade luego del encuentro entre el presidente Alan García y el presidente electo Ollanta Humala. Desde entonces, el rumor se ha extendido y ahora parece ser un hecho al que solo falta fecha de ejecución: García otorgaría el indulto a Alberto Fujimori e inmediatamente después Humala manifestaría su respaldo a la medida invocando la necesidad de reconciliación nacional.
Una variante del rumor sostiene que el indulto también comprendería a Antauro Humala, de modo que el presidente entrante aparecería como beneficiario de la “generosidad” del presidente saliente. Aunque, en realidad, su hermano en libertad probablemente se convertiría en un dolor de cabeza más para su gobierno.
García tiene razones sólidas para firmar el indulto a Fujimori, que ciertamente ya hubiera sido concedido de haber ganado Keiko en la segunda vuelta. Para él no solo se trata del pacto entre aprismo y fujimorismo con base en el cual ha gobernado durante estos cinco años. El presidente saliente tendrá sólo cuatro legisladores apristas en el Congreso que se instala este mes; necesita proteger su gestión con el blindaje que pueda darle la numerosa bancada fujimorista. A cambio de esa protección, ¡qué le importa poner en libertad al condenado! Cubrir con la impunidad a Fujimori incluso sienta un precedente que podría beneficiar a García, si algún día fuera posible procesarlo por crímenes como los de El Frontón y Lurigancho o asuntos tan turbios como el de BTR.
Mucho menos evidente es por qué Humala podría concordar con el indulto. Los informes médicos han demostrado que el reo no padece una enfermedad terminal. No hay, pues, base para el llamado argumento humanitario, pese al lobby que encabeza Cipriani usando esa coartada. Lo que hay es una descarada jugada política que tiene dos beneficiarios: García y el fujimorismo.
Una primera especulación sostiene que Ollanta podría ver en el indulto a Fujimori la puerta abierta para indultar a Antauro, en el supuesto de que García no lo incluya en la medida. El argumento parece un delirio. El precio político a pagar por este otro indulto sería enorme. Si el presidente electo imaginara que puede poner en libertad a su hermano, su sentido de la realidad política sería minúsculo, de un alcance solo familiar.
Una segunda especulación aduce que el presidente electo –que no cuenta con mayoría parlamentaria propia y anticipa la inestabilidad de los votos de Perú Posible– buscaría congraciarse así con la bancada fujimorista. Si Humala confiara en esa posibilidad, al grave error en materia de principios que es aceptar el indulto habría que agregar en la cuenta del presidente electo un terrible error político: una vez liberado el condenado, sus fuerzas parlamentarias procederían según sus conveniencias, sin obligación de devolver el favor recibido.
Pero el asunto supera los límites de los cálculos políticos estrechos y pone en riesgo la propia base de sustentación de Ollanta Humala. ¿Cuántos de sus electores estarían dispuestos a aceptar la argucia con la que es vista la puesta en libertad de Fujimori? Si muchos votaron por Humala precisamente para evitar que Keiko indultara a su padre.
Según muestran las encuestas, una vasta mayoría –incluso más grande que la obtenida por el ganador de la segunda vuelta– es contraria al indulto a Fujimori. Aunque solo fuera por el estado de la opinión pública, y se pusieran de lado las razones jurídicas que impiden indultar crímenes como los cometidos por el ex presidente, Humala daría un gran paso en falso en lo que sería su primera decisión como gobernante electo.
El país constataría que el nuevo presidente juega a la política como lo han hecho los políticos que conocemos, esto es, anteponiendo los cálculos pequeños y el beneficio propio al interés general. Que, igual que sus antecesores, interpreta la elección como un cheque en blanco que lo autoriza a hacer lo que se le antoje o aquello que le conviene particularmente. Por eso, si –bajo una u otra forma– Humala aprobase ahora el indulto a Fujimori, la esperanza de cambio de la que él se hizo abanderado se evaporaría rápidamente, incluso antes de haber asumido la presidencia.
