Fuera de los sectores más histéricos de la derecha, ya no se habla tanto de la llegada del modelo chavista. El nuevo cuco es el modelo kirchnerista, según el cual una pareja presidencial esquiva la prohibición a la reelección a través de la candidatura de la primera dama. Gracias al éxito de Cristina Fernández de Kirchner, el “modelo kirchnerista” se ha puesto de moda: la primera dama de Guatemala, Sandra Torres, postuló a la presidencia (pero fue inhabilitada por la Corte Constitucional), y se habló de las posibles candidaturas de las primeras damas de la República Dominicana (declinó, aunque podría ser candidata a vicepresidente) y Nicaragua (al final, su marido, Daniel Ortega, busca ilegalmente su reelección).
En el Perú, algunos opositores ven en una posible candidatura de Nadine Heredia una jugada del humalismo para perpetuarse en el poder. Lourdes Flores, que hace algunos meses temía que Humala estableciera una “dictadura internacional,” ahora teme que la pareja presidencial “aspire a ser una versión peruana del kirchnerismo”. Pero no es solo la oposición. Aunque la misma Nadine Heredia haya dicho que la ley prohíbe su candidatura, algunos humalistas sueñan con ella. Carlos Tapia dice que una candidatura de Nadine “no es una fantasía” y hay dos grupos de facebook “Nadine Presidente 2016.” ¿Y por qué no? Nadine es capaz, viene del círculo íntimo del presidente, y su candidatura daría a Gana Perú la posibilidad de competir seriamente el 2016 sin violar la promesa no reeleccionista de Humala.
Dudo que Nadine sea “la próxima Cristina Kirchner”. El ejemplo kirchnerista no es un modelo para difundir: es único en la historia del mundo. Varias primeras damas pensaban en una candidatura presidencial en los últimos años: Marta Sahagun en México, Sandra Torres de Colom en Guatemala, Rosario Murillo en Nicaragua, Margarita Cedeño de Fernández en la República Dominicana, y Nana Konadu en Ghana. Pero ninguna ha llegado a la presidencia. Y es poco probable que llegue.
La sucesión matrimonial es muy difícil. Aun si se resuelven los obstáculos legales que existen en algunos países, hay que ganar las elecciones. Y las primeras damas enfrentan algunas desventajas electorales importantes. El primero es un déficit de legitimidad. En algunos países –como Guatemala– la sucesión matrimonial es ilegal y requiere de una trampa explícita (como el divorcio de Sandra Torres). Pero aun donde la candidatura es legal, como en México, es vista por mucha gente como tramposa y hasta corrupta. En México, la posible candidatura de Marta Sahagun fue duramente criticada en los medios. Sandra Torres también recibió muchas críticas, y aunque su “ex” marido, Álvaro Colom, mantenía un imagen favorable (de 50% o más), ella perdía por 25 o 30 puntos en las encuestas antes de ser tachada.
Segundo, muchas primeras damas sufren de un déficit de experiencia. La mayoría son novatas en política electoral. Algunos novatos son exitosos en términos electorales, pero muchos más terminan cayéndose en las encuestas debido a sus propios errores y falta de capacidad política. En los casos de Sahagun y Torres, por ejemplo, la falta de experiencia política era notable. En el caso peruano hay que agregar una tercera desventaja: ser oficialista tiene un alto costo electoral. En el Perú, el partido de gobierno casi siempre llega a las elecciones presidenciales desgastado y debilitado. De hecho, ningún partido oficialista peruano ha logrado la reelección en democracia. En 2006 y 2011, los partidos oficialistas ni siquiera la intentaron. ¿Sería distinto Gana Perú? Puede ser. Pero es poco posible.
Debido a estos obstáculos, toda campaña para que la primera dama suceda al presidente fuera de Argentina ha naufragado. En México, Sahagun dio marcha atrás bajo una lluvia de críticas. En Guatemala, Torres fue vetada por la Corte Constitucional pero igual perdía. En Ghana, el presidente Jerry Rawlings decidió no promover la candidatura de su esposa, Nana Konadu, el 2000. Lo hizo –como ex presidente– en 2011, pero Konadu perdió masivamente (96% a 3%) en una votación en el congreso partidario.
Argentina es un caso aparte. El éxito de los Kirchner se debe a unas condiciones que son difíciles de reproducir. Primero, Cristina era una política experimentada. Había sido militante peronista desde los años 70. Trabajó por 18 años como legisladora, primero como diputada provincial y después como diputada y senadora nacional. Ganó siete elecciones antes de ser candidata presidencial.
Lejos de ser novata, entonces, Cristina era una política profesional, con perfil propio y con mucha experiencia, cuando postuló para la presidencia. Ningún presidente peruano en el último medio siglo tenía tanta experiencia en puestos electorales. Segundo, la candidatura de Cristina tenía más legitimidad porque Néstor Kirchner podía haber postulado a la reelección, que es legal en Argentina y Néstor estaba todavía en su primer periodo. Como consecuencia, era difícil tildar a la candidatura de Cristina como una jugada para esquivar a la ley. Tercero, Fernández era candidata de un partido fuerte: el peronismo. Un partido sólido, con raíces fuertes en la sociedad, es menos vulnerable a las crisis electorales que han sufrido los oficialismos peruanos.
Las condiciones que facilitaron la sucesión matrimonial en la Argentina no existen en otros países latinoamericanos, incluido el Perú. Aunque el modelo kirchnerista esté de moda, pocas parejas presidenciales son capaces de reproducirlo. Es más fácil llegar a la presidencia como viuda que como primera dama.
