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La mala educación

Seis años. La norma es clara. De acuerdo con el Ministerio de Educación, para que un niño entre a primer grado debe tener seis años cumplidos. No cinco años tres meses, no cinco y pico, sino seis. Si el colegio empieza en abril, como debiera ser en todos los casos y no en marzo cuando el sol aún achicharra a los chicos, pues la fecha límite para cumplir la edad requerida es el 31 de marzo.



¿Capricho? ¿Abuso? Nada de eso. Simplemente se trata de lógica elemental: con medidas como esta se busca que los que acceden a la escolaridad sean lo suficientemente maduros para afrontar sus procesos de aprendizaje y además se pretende homogeneizar los salones. En un adulto tener 20 o 21 años es más o menos lo mismo. Para los pequeños, seis meses de distancia pueden significar la diferencia entre ser uno más de la clase o el lorna al que todos fastidian con esa crueldad infantil que, reconozcámoslo, es implacable. En momentos que escribo esto no puedo olvidar a mi hijo de 4 años 4 meses la semana pasada llorando desconsoladamente porque su primita “mayor” le enrostraba que ella tenía “4 años y 5 meses”.



Pero como suele ocurrir en nuestro país, sobre todo con cierta educación privada, los colegios se zurraron en la norma y empezaron a ceder a la presión de los padres para que sus hijos sean adelantados de año. Bajo la estúpida premisa de que hay que hacer todo más rápido para ganarle al vecino de carpeta, los niños ahora dan exámenes a los tres años, los ponen en clases de inglés a los dos, los nidos ofrecen computación, lectoescritura temprana, matemáticas y una cantidad de conocimientos que no les toca aprender. Y no se trata de si el pequeño los capta o no: de cero a cinco años los seres humanos son como una esponja, capaces de absorber todo tipo de conocimientos; sin embargo, eso no quiere decir que tengamos que enseñárselos. Esas horas que su hijo de cuatro años ocupa aprendiendo a leer y escribir, las está perdiendo en juego, en psicomotricidad, en fantasía, en experiencias propias de su edad que le permitirán ser una persona más preparada mental y emocionalmente para enfrentar el reto de la escuela.



Lo más grave de este asunto es el mercantilismo de centros educativos que lo único que buscan es hacer negocio con el cuento del futuro promisorio. Así, ofrecen clases fuera de horarios regulares para nivelar a aquellos chicos “problema”, cobran por asesoría psicológica, crean colegios preuniversitarios que prometen acceso más rápido a universidades y una cantidad de estafas que se alimenta de las expectativas de quienes creen que están haciendo lo mejor para sus hijos.



Hemos llenado páginas de páginas quejándonos, con razón, de la precariedad del sistema de educación pública de nuestro país. Sin embargo, la guerra del Ministerio de Educación con los colegios que aceptan niños menores de la edad permitida ha demostrado esta semana que estamos perdiendo de vista un problema tal vez más grave y difícil de manejar: la educación privada se ha convertido en ese terreno en que los niños son parte de una mera transacción comercial que busca lucrar a costa de su desarrollo fundamental como seres humanos.

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Patricia del Río Labarthe Patricia del Río Labarthe

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