Dicen que un individuo no puede olvidar por propia voluntad. Basta que se proponga sacar de su mente una ofensa, un insulto para que el solo anhelo del olvido lo obligue a rememorar cada detalle de ese hecho. Con la memoria colectiva ocurre distinto. Los que los pueblos recuerdan no depende de lo que sus individuos han vivido en carne propia, sino de lo que otros, que estuvieron ahí antes, registraron y se animaron a contar. Por eso existe la represión, la censura, la persecución de ideas. Para ocultar. Para bloquear la memoria.
Esta semana, los que vivimos las demenciales décadas de la violencia terrorista hemos asistido con desconcierto a los intentos de Alfredo Crespo, abogado de Abimael Guzmán, por inscribir su partido político Movadef (Movimiento de Amnistía y de Derechos Fundamentales) ante el Jurado Nacional de Elecciones con el fin de participar en los procesos electorales futuros y sacar terroristas de la cárcel.
Hemos escuchado a este hombre que estuvo 12 años preso por fomentar la destrucción, hablar con insolencia y no mostrar arrepentimiento alguno. Lo hemos escuchado invocar olvido, pedirnos amnesia.
El señor Crespo cree que la solución para pacificar el país (como si estuviéramos en medio de alguna guerra) es el borrón y cuenta nueva, y aquí no pasó nada.
Aunque suene a locura, Crespo no está solo: el ex congresista Javier Valle Riestra hace años que sostiene que la pacificación del Perú pasa por el perdón y libertad de Víctor Polay Campos. El ex ministro de Trabajo Rudecindo Vega declaró, cuando aún formaba parte del Ejecutivo, que debíamos “dar amnistías en todos los sectores”. El fujimorismo no se ha quedado atrás y cuando se le pregunta a su vocero Rolando Reátegui sobre una posible amnistía general responde que hay que someterla a debate y referéndum. Y cómo olvidar los pedidos del ex ministro de Defensa Daniel Mora para que se liberen a Fujimori, a Antauro Humala y a los militares involucrados en casos de violación de Derechos Humanos. Etnocaceristas, militares, terroristas y fujimoristas acarician desde sus distintas esquinas y sus diversas motivaciones, la misma idea: abrir las puertas de las cárceles para que todos los que mataron impunemente o permitieron que otros maten, salgan a las calles.
La peor consecuencia de la violencia terrorista en nuestro país fue la indiferencia que provocó que miles de víctimas inocentes desaparecieran sin que nos enteráramos de la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Fueron los niños asesinados como perros y los quechuahablantes rogando que no los maten en una lengua que sus verdugos no entendían. Fueron empresarios enloqueciendo bajo tierra en una cárcel del pueblo y militares volviendo a casa sin piernas por el estallido de un coche-bomba.
Fueron mujeres pariendo hijos de la violación. Fueron peruanos atarantados por la demencia, por el olor a muerto, por la indiferencia.
Y es esa indiferencia la que hoy se atreve a pedir amnistía. La que reclama olvido. La que cree que a la paz se llega ignorando tanto cadáver, tanto dolor, tanta pena de muerte.
