En los setenta, la selección nos distraía de las vicisitudes de la dictadura, de la ruina íntima de sabernos un país a medio hacer. Cubillas, Cachito, Gallardo, más que deportistas, eran templarios que defendían a chimpunazos ese acto de fe llamado peruanidad. En los ochenta, la selección nos hermanaba para no mirar aquello que nos mataba. Con la violencia interna en su pico más intimidante, ir a la cancha era un modo de asistir a la terapia, y sentarse en la butaca, una manera de echarse en el diván. Además del trauma terrorista hubo que hacer frente al apocalipsis económico al que nos aventó el aprismo. La década exigía paciencia, tenacidad, pero también esparcimiento. Con el empeño de Cueto, Oblitas, Uribe, no solo llegamos al Mundial de España y casi al de México, sino que aplacamos algo de aquel pánico, de aquella incertidumbre por el futuro, de aquella desesperación de tener en la mano solo un magro puñado de promesas hechas añicos.
A pesar de su baja calidad y de lo mucho que nos hizo renegar, la selección de los noventa tuvo instantes que resarcieron al país de la inmundicia del saqueo corrupto del que fuimos aleladas víctimas. Aprendimos a expectorar el paradojal “Te quiero Perú” justo cuando había menos razones políticas y sociales que justificasen un pregón tan entusiasta.
Del 2000 en adelante no sé bien qué función ha cumplido la selección (si acaso cumplió alguna). Con el país fragmentado pero en marcha, orgulloso de sus logros y avances, quizá ha llegado el momento de que el fútbol peruano no tenga más cometido que recuperar su calidad deportiva y su nombre.
Si en el pasado, a la selección le tocó ser catalizador, analgésico y paliativo, hoy solamente le toca ser equipo e ignorar la coyuntura. La moral del país ya no depende de la selección: ahora es la moral de la selección la que depende del país. Y por eso mismo, y porque está golpeada y convaleciente, hay que apoyarla con el mismo vigor con que ella nos apoyó.❧