18 de junio de 1995. Ese domingo celebramos el Día del Padre con un almuerzo criollo en la casa de Monterrico. Entre hermanos, tíos y primos éramos cerca de veinte personas repartidas en la terraza. Como siempre, tú eras el foco de la reunión. Rabiabas con la reciente reelección de Fujimori y todos oíamos con atención tus comentarios ácidos e inteligentes. Aunque el médico te lo tenía prohibido, tomabas un whisky de a poquitos y le dabas secretas caladas al cigarro. Ni siquiera se notaba que ibas montado en una silla de ruedas.
Después de comer, alguien sugirió jugar charada de películas. Hicimos dos equipos, te explicamos las reglas. Cuando llegó tu turno, un rival te sopló al oído el título de la película que debías interpretar con mímica. Te tocó una difícil, rebuscada: El gabinete del doctor Caligari. Recuerdo claramente que no sabías qué gestos o ademanes hacer, qué palabras cortar, qué señas enviarnos para acertar la respuesta. La cuenta regresiva te puso nervioso. De pronto, inesperadamente, preso de tu torpeza, comenzaste a reír sin parar. Reíste, papá, como pocas veces te había visto reír, mostrando todas las muelas, doblándote, alternando carcajadas con toses. Entonces, como en un dominó, uno a uno, comenzamos a reír contigo. Era una risa coral, desaforada, infinita, algo absurda pero muy contagiosa. Y así, repentinamente, todo lo malo dejó de importarnos: la metástasis de tu cáncer; la incertidumbre de los días por venir; las cuentas impagas; la horrible sensación de estar viéndote vivir a nuestro lado los minutos de descuento.
Tomamos varias fotos durante aquel momento. Tú estabas con un buzo gris, una chompa azul con cuello de tortuga, un poncho rojo. Llevabas impresa en la cara una nostálgica expresión de confundida soledad.
Fue el mejor Día del Padre. También fue el último. Desde ese domingo todas las tardes de los terceros domingos de junio son idénticas. Mudas, lentas, neblinosas y difíciles, igual que El gabinete del doctor Caligari.❧
