No son mis parientes, tampoco mis amigos. No son contactos de mi Facebook, ni me siguen en Twitter. No sabría precisar si los quiero o si ellos me quieren a mí. En todo caso, basta con señalar que cada vez que los veo crece en medio una afable ola de complicidad y simpatía. Nada de lo que hacen por mí es gratuito ni desinteresado. De hecho, me cobran. Y les pago con gusto, porque sus saberes y habilidades —siendo distintos, casi diría diametralmente opuestos— hacen que mi existencia adquiera esa dosis de firmeza y equilibrio sin la cual me resultaría sumamente fácil asomarme a los ubérrimos precipicios en que anida la locura.
Me refiero a Eugenio, el psicoanalista al que visito cada viernes, y a Chela, la señora que ordena mi departamento dos veces por semana. Eugenio me recibe, me deja hablar, me escucha con tenacidad desde un sillón mientras destruye un caramelo con las muelas, y luego —con la pasmosa precisión de quien resuelve a ciegas un sudoku— organiza mis frases e ideas, las vincula, las contrasta, las agrupa, las hace encajar. Siempre me deja la misma tarea inacabable: intentar responder un cerro de preguntas que, con el paso de los meses, no hace más que incrementarse.
Pero si él se ocupa de que mi cabeza esté bien amoblada, Chela se encarga de devolverle sosiego a mi pequeña casa, avasallada por la diaria tempestad de mis manías, apuros y distracciones. Decir que cocina, desinfecta, barre y plancha sería reducirlo todo a un vulgar catálogo de labores domésticas. Lo que ella hace es aún más complejo y meritorio: restaura la calma ahí donde yo me empeño en cultivar el caos. Lo más notable es que lo hace en silencio, sin inmutarse por el infierno revuelto de mis cajones, ni chistar por el pozo mugriento en que suele convertirse el lavabo de la cocina cuando ella no está.
Por eso, porque son fundamentales en la rala escenografía de mi cotidianidad, este diciembre quería regalarles algo distinto. Algo que no fuese un panetón. Una columna, por ejemplo.❧
