La locura de Antauro Humala, lejos de ser hamletiana, es quijotesca. No la finge como el príncipe danés inventado por Shakespeare, sino que la padece como el ingenioso español imaginado por Cervantes. Desde luego hay insalvables abismos extraliterarios entre la demencia del Hidalgo y la del hermano del presidente.
El primero, como se sabe, se vuelve loco gradualmente por leer muchas novelas de caballería tratando de soportar la ausencia de su amada Dulcinea. El segundo, como se intuye, le debe su locura a la lectura copiosa de su propio pasquín y a la visita de nutridas delegaciones de entusiastas waripoleras dispuestas a ser depositarias de la virilidad del Pachacútec Azul. Pero, ojo, que mientras el Quijote es un loco entrañable, histriónico y bucólico, Antauro es apenas un loco fumarola. Un chalado sin sentido del humor (pero sí del humo). Delirante y Cocacola. Locario y Locumbeta. Tanto que su próximo traslado, de producirse, tendría que ser, ya no a Piedras Gordas, sino a algún pabellón del Hideyo Noguchi, desde donde podría ir armando su gabinete 2016, con Mario Poggi en el premierato, Juan Vargas en el IPD y Betina Onetto como ministra de la Mujer (siendo probable que Betina decline).
Desde esa estancia —bajo su sombrero de Chalán y su póster de ‘Cachuca’—Antauro podría alucinar con unos cambios de guardia palaciegos más coreográficos a cargo, ya no de los Húsares de Junín, sino de los Wachiturros del Oeste. Y, obvio, hasta tendría tiempo de practicar compulsivamente en cartulina esa memorable rúbrica de batalla para sus futuros decretos de urgencia: Tu Macho.
Si el Instituto de Salud Mental se negara a recibirlo acusando falta de presupuesto, al presidente del INPE y al ministro de Justicia —esos Kiko y Kako de la política—les quedaría una salida: nombrarlo gerente del flamante Coliseo Gallístico de Lurigancho, cuya madrina —fija sugerencia del reo— podría ser la hermana de Iberico. ❧
