Aquel comercial ochentero de Vinifán en el que Pepito, Anita y Luchito reusaban el mismo libro año a año hoy resultaría inverosímil. Ahora –gracias a los usureros antojos del mercado– cada niño de colegio privado requiere comprar libros nuevos, desde inicial hasta secundaria. Ya no vale heredarlos. Léalos y deshágase de ellos, es el mensaje. No entiendo.
¿Acaso los cursos y materias básicos sufren permanentes actualizaciones que justifiquen la adquisición de ediciones últimas? Es como si aquello que aprendieron nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros mismos ayer hubiese cambiado drásticamente en la última hora del siglo veintiuno. ¿O de pronto yo estoy equivocado y será que cinco más cinco ya no dan diez en las nuevas Matemáticas? ¿O quizá en la Historia moderna se narran inéditos pasajes del rutilante triunfo peruano en la Guerra del Pacífico? ¿O será que el aparato digestivo, después de todo, no empezaba en la boca y terminaba en el ano, como afirmaba mi quizá obsoleto libro de Ciencias Naturales de 1985?
Que algunos colegios y ciertas editoriales monten un negociado induciendo a los padres a comprar específicos libros de texto en determinados puntos de venta es muy grave. Pero lo realmente trágico es que esta discusión esté únicamente enfocada en los precios de los libros y en sus supuestas bondades: como si el elemento transformador en el aula fuese el objeto, y no quien divulga su contenido. En este debate, al profesor ni se le toma en cuenta. No se le ve como al maestro capaz de estimular, guiar, inspirar, sino como al barato atril parlante que pasa obedientemente las páginas del costoso libraco.
Estudié en el Carmelitas de Miraflores. Los poquísimos destellos de excelencia que sorbí durante mi educación escolar no se los debo en ningún caso a los señores Bruño o Santillana. Los realmente decisivos fueron los dos o tres magníficos profesores que me enseñaron a desconfiar del currículo colegial, a escapar del sospechoso libro único, a imaginar el mundo más allá de cualquier absurda imposición. ❧
