La polémica sostenida ayer en el avispero del Twitter entre la periodista de modas Lorena Salmón y el reconocido diseñador Gerardo Privat revela que acusamos una clamorosa escasez de espíritu crítico. En su visitado blog fashionjolik, Salmón valoró positivamente la colección que Privat presentó en el Lima Fashion Week y, a renglón seguido, tildó de ‘insoportable’ su estrategia de marketing. Desde la otra esquina, herido en su orgullo, Privat respondió aclarándole a Salmón que ella no calificaba como público objetivo de sus diseños, y le pidió que lo dejara en paz, que se aleje de la ‘fabulosidad’ (vocablo que parece una burrada glamorosa pero que sorprendentemente está admitido en el diccionario de la RAE). Que después Privat creara en las redes sociales la etiqueta #MujerQueNoEsMalaEsChola —no sabemos en alusión exactamente a qué o quién— no hizo sino incrementar la efervescente indignación del histérico auditorio virtual.
¿Por qué el comentario mínimamente osado de una blogger despierta la furia cretina de un diseñador que, siendo talentosísimo para vestir a los demás, no parece tener tanto sentido de la elegancia? Entre otras cosas, porque vivimos en un medio muy condescendiente, donde el cherry predomina y la franqueza está mal vista; una ciudad saturada de cínicos que primero te elogian y pampean e inmediatamente después te juzgan y calumnian. No hay duda: al Perú le faltan críticos tanto como le sobran criticones. Y por eso su debate artístico, si lo hay, ha sido reducido a la broma idiota del ‘paletazo’.
Salvo dos que tres esfuerzos meritorios pero insulares, aquí no hay crítica sólida de casi nada. Ni de modas, ni de literatura, ni de gastronomía, ni de fotografía, ni de ópera, ni de teatro. Los medios la evitan, le tienen alergia. Una lástima. Una sociedad que se pica, se resiente, se araña, y que además no es capaz de aceptar críticas ni de criticar su cultura para edificarla está condenada a esa horrible parálisis que es la mediocridad.❧