Espero con ansias la entrega del Oscar porque sé, o al menos intuyo, que será una gran noche para mi favorita: The Artist. La película de Michael Hazanavicius —además de ser un logradísimo homenaje al cine mudo— demuestra que en la simpleza pueden convivir sin contratiempos la osadía y la elegancia; la ternura y el humor. Todo su elenco debería llevarse una estatuilla, incluido el perro Uggie, un Jack Russell Terrier con más coeficiente intelectual que varios dirigentes del fútbol peruano.
Espero impaciente la ceremonia porque quiero ver si Woody Allen gana el premio al mejor guión (debería, por Medianoche en París) y se presenta a recogerlo. Allen desprecia Hollywood y nunca asiste a la gala del Oscar por considerarla una farsa. Solo rompió la tradición el 2002, para pedir a los productores que no dejasen de hacer películas en Nueva York tras los ataques del 11-S. Sería magnífico que gane mañana y el anuncio de su triunfo lo pille otra vez en su casa tocando el clarinete.
Quiero seguir el Oscar para confirmar las sospechas que tengo respecto a The Tree of Life. Le mezquinarán más de un premio, estoy seguro. Es una cinta arriesgada, distinta, atípica, pero tiene un texto brutal: todas las preguntas que cualquier chico se ha hecho alguna vez sobre Dios y sobre las desesperantes contradicciones de la paternidad autoritaria están ahí. Apuesto a que solo le darán el Oscar a mejor fotografía, punto.
Por último, espero el Oscar para ver los actualizados primeros planos de las estrellas de mi generación. Uno toma conciencia del paso del tiempo cuando ve a sus héroes cinematográficos en vivo, ya curtidos, desgastados, hundidos en prematuras máscaras de bótox. Creciste con ellos, o ellos contigo a través de tantísimas películas. Solían ser bellos. De pronto aparecen sin pelo. Entonces te indignas y sorprendes, sin saber que lo que de veras te enoja no es su vejez, sino la tuya.