Con los reflectores puestos en los olímpicos papelones del Canciller, el Jefe del Inpe o el ministro de Justicia, es casi natural que haya pasado inadvertida la noticia del joven que mató a su padre de un balazo en la cabeza para ser aceptado en las temibles Maras Salvatruchas.
En la superficie, el caso no es más impactante que otros que han alimentado las páginas policiales recientes: como el del celoso desquiciado que estranguló a su pareja con unos pasadores; o el del maldito que roció gasolina y prendió fuego a su conviviente; o el del sujeto que, harto de clamar inocencia desde prisión, se ahorcó dentro de la celda con su ropa interior. Sin embargo, hay detalles de la historia de Óscar Barrientos que la hacen particularmente estremecedora. Y no me refiero solo al hecho –ya saltante– de que tenga apenas 19 años, sino a los motivos que encontró para cumplir con el salvaje rito de iniciación de las Maras, ese examen de ingreso a la barbarie.
Al ver el reportaje de su captura, pensé que Óscar la tenía bien merecida. Encontré patética su inscripción tatuada en la parte interna del labio inferior (MSX3), que lo acreditaba como un Mara cachimbo. Deseé que lo escarmentaran con una condena ejemplar que le quitara para siempre las ganas de coger un arma. No obstante, al oír su escalofriante declaración se me pasó la rabieta. “Nunca tuve una familia. Mi mamá me abandonó cuando tenía un año, y mi padre fue un canalla, jamás me quiso. Los Maras son mi verdadera familia”, contó Óscar. ¿Es esa la conveniente justificación de un asesino impasible, o el testimonio de un joven tempranamente destruido por su entorno? Nunca lo sabremos. Su tragedia, como tantas íntimas catástrofes diarias, ya se nos ha traspapelado. El Canciller desavisado y el conchudo de Antauro, jugando en eficaz pared, haciéndose mutua cortina de humo, se salieron con la suya.❧