Por Eduardo Adrianzén
La semana pasada, las declaraciones fascistoides del presidente García distrajeron la atención de un hecho cargado de metáforas: la muerte de Edmundo Camana, el superviviente del genocidio de Lucanamarca cuyo retrato fue símbolo de la muestra Yuyanapaq. Ahora el futuro Museo de la Memoria necesita la fotografía del congresista Edgar Núñez, quien debe pasar a la historia como el mayor ejemplo de vileza y manipulación política. Solo la relación de los hechos concretos ya es escalofriante: Camana está en un hospital, al parecer no tan enfermo según los partes médicos. En eso aparece un sobrino suyo –militante aprista, oh casualidad–, lo saca de noche y se lo entrega al congresista Núñez, quien lo interna en otro hospital con la única intención de usarlo para seguir difamando a ese cuco que tanto lo aterra –¡ya sabemos muy bien por qué!– llamado Comisión de la Verdad.
Pero el circo mediático se le escapa de las manos, Camana muere sorpresivamente horas después… y Núñez sale a declarar que era un alcohólico terminal, algo que aunque fuera cierto no tendría por qué hacerse público. Conclusión: a Camana lo asesinaron dos veces. La primera en Lucanamarca y la segunda aquí en Lima. Dos veces lo mataron simbólicamente hasta que su cuerpo se cansó de sufrir tantos maltratos. ¿Los buitres ya están satisfechos?
Tal vez nunca aparezcan pruebas para acusar de homicidio culposo al congresista. Pero hay muchas formas de matar, y lo que hemos visto excede la imaginación más perversa. Hoy da náuseas escuchar sus lamentos y “explicaciones” pseudocristianas para justificar lo que hizo. Con sujetos así, que con certeza volverán a llevarnos al abismo y a la barbarie, la Comisión de la Verdad hace más falta que nunca. Y estoy seguro de que Víctor Raúl Haya de la Torre, ese gran luchador que sufrió tantas persecuciones y a menudo invocó los derechos humanos, hoy se revuelca de ira en su tumba al ver que alguien como Núñez dice representar sus ideas.
