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Izquierdas y autonomía

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Por Antonio Zapata

Para los líderes de las izquierdas, la mejor opción electoral es agruparse detrás de Ollanta Humala. No hay dilema, salvo que el comandante no los trata especialmente bien. Como no están inscritos, el PNP ha de cobijarlos. No es lo mismo que si fuera una alianza entre partidos legales. En consecuencia, el nacionalismo ha de elegir quiénes son aceptados; por ahora, prefieren individuos y recelan de los partidos.

Como sabemos, en las anteriores presidenciales, las izquierdas fueron divididas en tres y sumadas apenas obtuvieron 1.5%. Desde entonces no confían en sus fuerzas y tienden a auparse detrás del caudillo con caudal electoral. Pero, al colocarse acríticamente detrás de Ollanta, están jugando con la autonomía, que es la última virtud que alumbra a las izquierdas peruanas.

El punto de partida de la política es saber a quién se representa. Las izquierdas han perdido esa cualidad debido a las incomprendidas transformaciones sociales del país. Mientras seguían reflexionando desde el proletariado, éste había perdido consistencia y predominaban los marginales. En un universo de productores individuales, las clases se disolvieron como categoría. Como consecuencia, las izquierdas extraviaron la brújula y no entendieron al país post ochenta.

Asimismo sobrevinieron serias derrotas tácticas que minimizaron su representación política. Los errores fueron muy pronunciados. El divisionismo melló la propuesta unitaria y la frontera fue difusa con los alzados en armas. Al final se pagó parte del enorme descrédito del terrorismo. Divididos y embarrados con la violencia, fuimos reducidos.

Pero, no siempre fue así; hubo buenas épocas. Esta izquierda nació en los sesenta durante la lucha por la reforma agraria y la nacionalización del petróleo. Luego, vino el reformismo de Velasco. En ese momento, las izquierdas desarrollaron una virtud que fundamentó su desarrollo posterior.

Fueron autónomas y no se entregaron en brazos de los militares del 68. Por el contrario, se elaboró una crítica que fue clave. Por un lado, se percibió el autoritarismo militar como un problema y se postuló la democracia de base a través de una extensa participación. Esta postura sostuvo la orientación democrática que irrumpió en los ochenta.

En segundo lugar, las izquierdas también fueron autónomas en la definición programática. Las reformas de los militares fueron criticadas por apenas encarar a media máquina los problemas del país. Se terminó con los hacendados, pero no se empoderó a los campesinos y sobrevino un vacío en medios rurales. Las nacionalizaciones no variaron el patrón de acumulación, basado en la exportación de productos primarios, y no hubo desarrollo industrial. Así, las izquierdas levantaron alternativas que las posicionaron como un polo político.

De este modo, la autonomía frente al velasquismo fue fundamental para el nacimiento de una postura socialista y democrática. Gracias a ello, las izquierdas fueron protagonistas. La fuerza sindical se proyectó a la escena electoral y constituyó la base de la IU de los 1980, cuando se obtuvo entre un cuarto y un tercio de la votación nacional.

Luego, vinieron los errores tácticos comentados. Peor aún, el desconcierto teórico que dificultó volver a interpretar al país. De ahí la exclusión política. Por eso, correr detrás de quien tiene intención de voto parece la única solución.

Pero, no se han explorado otras opciones. Por ejemplo, ir detrás de los viejos principios con candidatos jóvenes que hablen el lenguaje de hoy. El socialismo no ha muerto. Se han agudizado las antiguas contradicciones del capitalismo que lo hicieron nacer. En todo el mundo reaparece la lucha por la igualdad.

Por ejemplo en Francia, los partidos trotskistas han llevado como candidato presidencial a un joven de treinta años, apellidado Besancenon. Es un trabajador del correo que chatea y habla como muchacho ilustrado, pero de hoy y no de ayer. Pues bien, el resultado ha sido positivo; obtuvo un porcentaje superior al récord de los setenteros. Mejor incluso que inmediatamente después de mayo del 68.

Ahí se halla una salida. Renovar los principios lanzando a los jóvenes a la palestra. Ellos se entenderán con el país y pueden salir adelante. Lo mejor es que ese hipotético éxito sería para un polo democrático y radical. En vez de desdibujarse detrás del nacionalismo, y además, lanzando nuevamente a los líderes de antaño.

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Antonio Zapata Antonio Zapata

Antonio Zapata Velasco es Doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Columbia, Nueva York. Profesor de Historia en la Pontificia Universidad Católica del Perú, profesor del Postgrado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Investigador Asociado del Instituto de Estudios Peruanos, especializado en historia contemporánea. Fue director y conductor del programa de historia “Sucedió en el Perú” del canal estatal peruano. Socialista convicto y confeso.