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El hombre que amaba a los perros Padura, Trotski y Ramón Mercader

La pregunta (que se la habrán hecho ya muchos lectores) se ha ido formulando a lo largo de los últimos cincuenta años: ¿por qué en Cuba, una isla tan pequeña, surgieron, y surgen todavía, tantos escritores brillantes? Entre plumas mayores y menores de gran nivel, podría referirme a cuarenta autores, toda una asombrosa explosión de talento literario. Y algunos de esos escritores, para colmo, han sido estandartes de escuelas diferentes. “Cuba es una isla, pero la literatura cubana es todo un continente”, han escrito estudiosos diversos, deslumbrados cartógrafos de ese territorio enigmático.  

Para recordar, en forma somera, corrientes que van desde el barroco ilustrado al austero laconismo, pasando por el realismo mágico, el neobarroco a lo nouveau roman, el experimentalismo en el habla coloquial (o cualquiera de las variopintas escrituras “en cubano”) y el realismo sucio, mencionaré nombres del lustre de José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Pedro Juan Gutiérrez y Antonio José Ponte. 

¿Cómo explicar esta exuberante abundancia? ¿Qué ha sido determinante en un país que ha sufrido, una tras otra, la dictadura capitalista de Batista y la comunista de Fidel? ¿Algún ingrediente caribeño? ¿El guaguancó, las mulatas, el ron añejo o el oleaje huracanado estrellándose contra el malecón habanero? Quién sabe. Pero la isla ha dado una gran literatura, esencial para América Latina, y hoy, en perspectiva, tenemos las obras de aquellos que se quedaron en Cuba, por devoción a la utopía marxista-leninista o porque no pudieron salir; la de los autores condenados al exilio; y la de los pocos, muy pocos, a los que se les permite entrar y salir, pese a mantener posiciones críticas al sistema.

En aquellos cincuenta años, por lo menos treinta han sido de sueños rotos, restricción de libertades y revolución fracasada. Muy buena educación al pueblo, eso sí, pero mucha hambre y estancamiento. ¿Va por ahí la explicación de la explosión de talento? A lo mejor. Juntar la miseria y una buena formación académica es una fórmula eficaz. Y más aún si agregamos las penurias por las que han pasado, y pasan, los escritores cubanos residentes en su país. Carecen de estímulos, si no se pliegan a escribir según la línea oficial, y viven desactualizados por el bloqueo del Internet y la exigua circulación de libros extranjeros. Y carecen además del acicate de un mercado: ninguno se hará rico con un best-seller de su autoría. Sin embargo, a pesar de todo, cada cierto tiempo asoman plumas que se las arreglan para aunar con rigor la ambición de trascendencia literaria y el coraje de dar testimonio.

Ejemplo respetable de lo último es Leonardo Padura, autor de El hombre que amaba los perros, novela que ya está en camino de ser un clásico contemporáneo. Padura recrea un crimen crucial en la historia del siglo XX, el asesinato de Liev Davídovich, revolucionario y ex líder del Ejército rojo conocido como Trotski, y nos entrega tres biografías paralelas que se interpolan. Conocemos así las atormentadas vicisitudes de la víctima, el judío ucraniano León Trotski, desterrado por Stalin y autor de La revolución permanente; la del victimario, el catalán Ramón Mercader, militante republicano en España y agente de la policía secreta soviética; y la del narrador, el cubano Iván Cárdenas, escritor en ciernes y encargado de una paupérrima posta veterinaria. 

A propósito de unos bellos galgos rusos, dos borzois, Iván traba amistad con un extraño personaje, el dueño de los perros. Este, un hombre elegante y desolado, suele pasear a sus mascotas por una desierta playa de La Habana, donde un día decide contarle a Iván la atormentada historia de una vida comunista. Iván sospecha, y más tarde sabe, que la historia trata de la propia vida del extraño. Pero el trágico capítulo de Trotski y Ramón Mercader es desconocido en Cuba. El partido ha preferido borrar ese capítulo de la historia, por lo que a Iván le toma un tiempo llegar a la conclusión de que ha estado oyendo, de primera mano, la confesión reveladora del mismísimo asesino.

Iván nos sumergirá pronto en un relato de suspenso, con situaciones extraordinariamente desesperadas, movidas por odios y pasiones políticas que arrastrarían millones de muertes; todo ello, por supuesto, en aras, por una parte, de un mundo más justo e igualitario, y, por otra, del enfermizo acaparamiento y posesión del poder. Los incidentes se inscriben en la revolución bolchevique, la guerra civil española y la segunda guerra mundial, y entre sus personajes notables desfilan George Orwell, André Bretón, Diego Rivera, Frida Khalo (que fue amante de Trostki) y Alfaro Siqueiros, junto a multitud de combatientes de traumática fe romántica (como Caridad del Río), o a multitud de espías, fríos y despiadados como Kotov, alias Grigoriev, alias Roberts, alias Tom, quien entrenó como asesino en los elitistas cuarteles de Malájovka a Ramón Mercader, alias Jacques Mornard, alias Frank Jacson, alias Jaime López, gente políglota y con diversas nacionalidades en uso. 

Compañero de Lenin en la revolución de octubre, disidente interno y externo, Trostki vive su combativo exilio por Turquía, Francia, Noruega y México, y en este último país, a sus sesenta años, es asesinado. Durante su peregrinaje, de 1929 a 1940, tilda a Stalin de Sepulturero de la revolución. El torbellino de mutuas acusaciones entre Trostki y el monumental aparato de propaganda de Stalin será, para el mundo, una simple pelea de comunistas, aunque con secuelas de crímenes mayores: envenenamientos (entre ellos el de Máximo Gorki y su hijo Max), asesinatos, purgas y condenas en la Siberia a trabajos forzados. Y será también, de hecho, la primera gran pugna por llevar la utopía comunista a buen puerto. Nada, sin embargo, les sale bien. En la fusión de ideología y totalitarismo, aderezada por el desbordado culto a la personalidad, todo se hace añicos. La utopía comunista solo aguanta lo que suele durar la vida completa de un hombre común: setenta y dos años. 

Leonardo Padura ha escrito una obra compleja y apasionante, con trazas de novela histórica, novela negra y novela de espionaje, que entrama con maestría la acción y los móviles opuestos de sus protagonistas. Minuciosa en la descripción del miedo, las mentiras y las nefastas “autocríticas” estalinistas. Y muy conmovedora, desde la óptica de Iván, al retratar la precaria vida cotidiana en la Cuba de los ochentas y noventas. El estilo de Padura, ágil y directo, le debe tanto al periodismo, que ejerció casi por dos décadas, como a la novela policial, género del que ha sido, y es, un distinguido cultor. 

Trotski y su asesino, en muchos sentidos, son dos parias en la borrasca de una locura colectiva. A su manera, locos dignos y heroicos. Trostki ha quedado, a estas alturas, como el idealista y el revolucionario puro, o como el “traidor enemigo del pueblo”, y Ramón Mercader, en nivel inferior, como el fanático sicario (que clavó un piolet en la cabeza de su víctima) y que en la estructura de la KGB llegó al rango de coronel. El primero tiene una casa museo en México, que recuerda su gravitación histórica, y el segundo, que tras salir de la cárcel en 1960 residió entre  la URSS y Cuba, cuenta con un lugar en el cementerio Kúntzevo, reservado a los héroes soviéticos; está enterrado con nombre falso, muy cerca de la tumba del famoso agente doble Kim Philby.?

Hay 1 Comentario
17 de febrero de 2013 | 11 hrs
escribe:

... los ochenta y noventa.

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Fernando Ampuero Fernando Ampuero