Por Eloy Jáuregui
Con Abraham Valdelomar tengo mi forcejeo. Lo dije: “Existió Valdelomar zambo y fue blanco de la envidia y el recelo”. Escritor y periodista, fue un ser descomunal, descaradamente moderno y atemporal y profético, que en una máquina de escribir, fue una máquina de crear, de ensamblar, de desmitificar, de observar; quiero decir, de mirar “eso” que los otros apenas podían ver. Ya en 1916 funda la revista “Colónida” (solo se publicaron 4 números) y pudo reunir –él era el centro– a varios jóvenes escritores que abrieron el camino para la entrada de las vanguardias en la literatura peruana.
De “Colónida” Mariátegui decía que no fue un grupo sino un estado de ánimo. Y Luis Alberto Sánchez en “Valdelomar o la belle époque” afirma que fue una aventura polifacética, decadentista y un tanto fanfarrona. Exagera L.A.S. solo por joder y está bien. No obstante, “Colónida” fue un batallón de lúcidos salvajes. González Prada, Eguren, Chocano, More. Poesía y desparpajo. Y harto sicotrópico: El Dr. Badham en el Nro. 2 publica “Los tóxicos en la literatura y en la vida” y en Nro. 4 hay un codazo poético contra el alcohol y a favor del opio y el éter: “Abajo el cañazo, viva la morfina”.
Luego de “Colónida” no apareció otro grupo solidificado en más de medio siglo. Se habla de generaciones pero no es lo mismo. De la “Generación del cincuenta” con Romualdo, Rose, Valcárcel, Delgado, Sologuren, Bendezú, Belli, le sucedieron en los sesenta los jóvenes Corcuera, Naranjo, Calvo, Pérez, Gómez, Hernández, Cisneros, Lauer y Javier Heraud. Todos poetas singulares y fascinados por una textualidad personalísima. Heraud es quizá aquel que radicaliza un distanciamiento con sus pares predecesores. Su trenza simbólica reúne a Manrique, Machado y T.S. Eliot. Un joven miraflorino inflamado de una estética política que lo llevaría a la muerte.
Los setentas poéticos son inaugurados por un movimiento singular en las literaturas nacionales latinoamericanas: Hora Zero. Jorge Pimentel de Jesús María, Juan Ramírez de Chiclayo, José Carlos Rodríguez de Iquitos y Enrique Verástegui de Cañete, cuatro visiones distintas para un país diferente, el de Velasco, publican la primera revista con poemas y un manifiesto: “Palabras urgentes”, que le pedía cuentas al canon literario peruano adormilado en sus aposentos y que constituía una suerte de traba elegante para que ciertos apellidos, algunos términos y varios temas no sean poetizables. Este fue el inicio de una historia que no termina.
Desde esa vez, Hora Zero ha funcionado como un colectivo de poetas de todos los rincones del Perú produciendo textos cada vez más admirables, y que acaba de publicar un libro contundente: “HZ. Los broches mayores del sonido” gracias al trabajo de Tulio Mora, que culmina este año también con un hecho sin precedentes en la literatura peruana. Si Valdelomar y los “Colónidas” hicieron del “Palais concert” una peluquería literaria, Hora Zero, gracias a su costado cantinero, esta semana se ha soldado a la historia. En el bar Queirolo de Lima se ha inaugurado el “Salón Hora Zero”, homenaje a la eternidad de su poesía. Galería, huarique y teatro de los sueños. Un buen lugar para vivir infinitamente. Y los espero.
