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El enviado del supremo

Kapuscinski era de perfil bajo, mimetizado con las gentes, sabio y políglota, curioso y sencillo. Decía: “Para escribir una página se deben haber leído cien”.

Por Eloy Jáuregui

Siempre pensé que Ryszard Kapuscinski (1932-2007) era un ser excepcional. Y ahora que la Fundación del Diario Madrid expone 75 fotografías de “África en la mirada”, no dudo de su calidad de ser humano. Si hasta se parece a don Juan Rulfo, quien es uno de los más notables escritores que leí y que nos dejó también un descomunal archivo de su México posrevolucionario. Es decir, narradores con una mirada especial para captar aquello que apenas se percibe con el alma, la otra realidad de los seres y sus vivencias, ese trasfondo poético que habita en cada retrato.

En el caso Kapuscinski, fue mi maestro y nadie duda de que es uno de los mejores profesionales en el periodismo que nos acompañó. Basta leer esa biblia que deben conocer todos los periodistas: Los cínicos no sirven para este oficio. Anagrama, Barcelona, 2003. Ahí el maestro afirma: “Para ejercer el periodismo ante todo hay que ser buena persona”. Y cierto, con su trabajo nos demostró que para ser un profesional de la prensa hay que ser honesto y justo. Trabajar siempre con la verdad y no ser ni juez ni policía.

Kapuscinski trabajó cerca de 20 años como corresponsal de la Agencia Polaca de Prensa, PAP. Gracias a ser el redactor que conocíamos, viajó a 12 países que sufrían cruentas guerras; y hoy todo aquello que fue periodismo en su momento ha formado parte, a partir de sus libros, de la historia oficial de la condición humana. Por ello la muestra de sus fotografías es un hallazgo del año que terminó y que nos ubica en su mirada personal sobre África, su destino, sus personajes, la miseria tan olvidada por la mayoría de medios de comunicación.

El cable cuenta que con su cámara fotográfica, “complemento indispensable en su cometido habitual, capturó imágenes, reflejo de las distintas culturas que iba conociendo, de las diversas experiencias que iba recopilando”. Yo lo imagino cargando su valija con sus libretas –él escribía a mano y por la noche redactaba en máquina de escribir– y su cámara de rollos. Y no era como el otro viajero impenitente que fue Hemingway, petulante, mujeriego, borracho y genial. No, Kapuscinski era de perfil bajo, “mimetizado” con las gentes, sabio y políglota, curioso y sencillo. Yo solo cito una frase que le escuché: “Para escribir una página se deben haber leído cien”.

Y ahora observo sus fotos en el diario “El Mundo”, y ahí están las imágenes, con su sello y con su estilo. Niños mirando la desesperanza, mujeres suplicando paz, heridos clamando justicia. Kapuscinski sobrevivió a 27 revoluciones, informó 12 veces desde el mismo frente de batalla y fue condenado a muerte en cuatro ocasiones. Por eso la muerte no le fue ajena. Como tampoco aquello de vivir a salto de mata intentando depurar un estilo atemporal, una textualidad que venza el rigor mortis de la noticia periodística, que se lea eternamente y siempre parezca primicia. Fue así que inventó el género del “perfil”, es decir, la crónica integral, donde se tejen vivencias, poemas, tradiciones, y donde no se puede permanecer impasible ante lo que está contando. Nada de retóricas ni barroquismos, todo lo contrario, un lenguaje transparente y diáfano para comprender “lo real” de la realidad. Empiezo el año y lo recuerdo, maestro, con admiración.

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Eloy Jaúregui Eloy Jaúregui

Eloy Jáuregui. (Lima, 1955) Poeta, ensayista y catedrático. Pertenece a la segunda generación del grupo Hora Zero y sus poemas han sido publicados en antologías y recopilaciones de poesía. Ha publicado Profundo vello. O guitarra con cuerda rota y Pa’ Bravo yo (2010), Historia de la Salsa en el Perú (2011).