Maestro Alberto Quintanilla y el arte como ajuste de cuentas con la historia.
Por Eloy Jáuregui
El que aviva el fuego. Así se traduce “Ninan cuyuchiq”, la muestra del artista peruano Alberto Quintanilla que acaba de culminar en la BNP. Qué formidable, qué lujo de un cholo. Y acaso un peruano no puede elogiar a otro. Es lo extraño en mi país. Yo lo hago sistemáticamente. Hablo bien de mis paisanos. Amo su arte, me fascina su poesía. Fácil es el sadismo contra el desvalido y miserable. La exclusión opera en nuestra sociedad en todos sus niveles. El presidente García tenía razón cuando se le escapó aquello de “peruanos de segunda categoría”. Pero hoy estamos frente a ‘El que aviva el fuego’. De eso trata el maestro. No de un fuego fundamentalista ni radical. Hay otro fuego, el del espíritu que habita en todos nosotros. Los que venimos de los caral, los chavín, los moches, los paracas, los incas.
Alberto Quintanilla es un mestizo peruano que desde 1934, cuando nació en el Cusco, no ha dejado de ser artista. Vive en París donde es una figura de la escena contemporánea. Pinta, esculpe, escribe poemas y ama como un descosido. Tengo a la mano su libro ‘Tayanka’: “¡Taki Onko! / El perro cobalto cesó de cantar / la mirada feroz se perdió en el horizonte / como vuelo de pájaro asustado / empezó la mañana. Hombre integral, Quintanilla ha simbolizado la historia con fusiles, caballos y perros. Quintanilla ha yuxtapuesto dos rostros en una cabeza. Y ha doblegado siete colores en un trazo. Entonces cuando habla, y habla fuerte el cholo, describe ese fuego inalterable de los siglos, de las piedras, de las vidas, de los sueños.
Y es jodido ser artista en el Perú porque te mueres de hambre. Eso me dice Alberto ahora que está en Lima, de lienzos como una muchacha joven y más linda porque está enamorada. Allá, en su taller de la avenida Arenales se ve Lima y hasta al mediodía alcanzamos a tocar el mar desde su terraza. Le cuento cuando entrevisté a Julio Ramón Ribeyro en su casa de Barranco mientras oíamos boleros de Daniel Santos. Y Quintanilla dice que tiene tango y coloca un disco de Goyeneche y suena el bandoneón de Troilo y se escucha “Sur”. Y nos vamos al sur hablando de sus figuras rabiosas, rijosas, y tengo que preguntarle por qué la rabia. Y Quintanilla me explica que es lo más transparente al abigarramiento de las culturas. Y no se ofende cuando habla de Miró, de Modigliani o Picasso. Igual cita a Vallejo o Sebastián Salazar Bondy.
¿Rabia? Y me dice: “¿Y qué quieres? Hay varios Perús. Ese de la postal. El otro de los cholos concretos. Racismo y pobreza, ese es mi reto. Romper esa vergüenza consentida. No miento, anda al Cusco. Hay clases sociales, hay razas con privilegios, hay cholos que se creen gringos. Esos nos fregaron la utopía”. Y cuando Quintanilla habla yo observo su caballo metálico en medio de su estudio. Imponente, brioso, jijuna. Y los perros ladrando en silencio en sus cuadros. Y qué pena que Quintanilla sea un ilustre desconocido en su país y sea famoso en las orillas de lo nuestro. Y qué pena que esa rabia en su trazo solo se encuentre con la dulzura de su alma y con la ternura de su signo. Yo quise hacerte este homenaje, Quintanilla, a ver si ablandamos el duro corazón de nuestros peruanos. Y que viva siempre el fuego avivado.
