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La TBC o el himno de amor

Por Eloy Jáuregui

“Ella vivió-murió como todo un mito, joven, diabética, con una tuberculosis mal curada. Su fama apenas le duró tres años”.

Este fin de año he terminado escribiendo dos prólogos para dos libros de música peruana. Uno dedicado a la cumbia hecha en el Perú y el otro a la gran cantante peruana Lucha Reyes. Es un privilegio que alguien pueda textualizar aquello que solo se puede escuchar con los oídos del corazón. Los críticos musicales son como Marco Aurelio Denegri. Saben de todo y de la nada como decía Sartre, ese que le confeccionó el terno a la filosofía contemporánea. Escribir de música es como describir una pintura de Piero Quijano o Enrique Polanco. Jodido. Mirko Lauer sabe a qué me refiero. La plástica tiene una sintaxis más que geometría del gusto.

Y con Lucha Reyes me ocurrió lo que no le pasa a un jovencito como yo que la conoció a los 17 años. Ella tenía 20 años más y ya era un lucero de la madrugada que presagiaba sus días dolorosos. Lo he contado otras veces como lujo del pobre. Ella, a partir de 1971, fue un esplendor para la casa de mis padres, donde llegaba a cenar antes de presentarse en El Palmero, emblemático restaurante en la residencial San Felipe de don Guillermo Stambury. Y yo era ese muchachón que miraba a los artistas como quien observa a los dioses del coro, y al coro mismo.

Lucha Reyes tuvo un esplendor fugaz pero contundente al inicio de una década henchida de amor por el Perú, la de los setenta.

Pero fue un tiempo convulso y abigarrado de símbolos. Gobierno nacionalista, cambios sociopolíticos, asunción de un nuevo imaginario que hizo que el magma de aquello que se sabe “criollo” tuviese una auténtica era dorada. Consolidados tríos como Los Embajadores Criollos, Los Moruchos, Los Chamas, la voz de Lucha Reyes fue un viento refrescante en un tiempo en el que las voces maestras de Eloísa Angulo, Rosita Ascoy o Esther Granados, por mencionar a las más populares, fluían en una corriente criolla-barrial frente a la elegancia de Chabuca Granda y Alicia Maguiña y al empuje de voces juveniles como los de Tania Libertad o Lucía de la Cruz.

He recorrido el jardín esta mañana, como diría Pinglo, y Lucha Reyes se aparece como un ángel en ayunas. De “La Morena de Oro” se saben detalles de una vida aciaga y decenas de pasajes que hoy no viene al caso tocar. Pero sí, su entrega a la música límpida de una voz del desgarro intramuscular. Que tenía lamento lo tenía. Como escribió Jerónimo Pimentel: “Ella vivió-murió como todo mito, joven, diabética, con una tuberculosis mal curada. Su fama apenas le duró 3 años, pero su leyenda obtuvo proporciones y murió, como punto final de un guión imposible pero perfecto, en la víspera del Día de la Canción Criolla. Casi como diciendo que nunca más se entendería una cosa sin la otra”.

Tulio Mora, en su poema “Luisa Reyes (1933-1973)”, dice: Y cómo pretender el vals eterno, sin dejar en las ventanas sangre niebla smog y no morir. (De “Cementerio general”, 2ª edición, 1994). Y el poeta Róger Santiváñez en su libro “Antes de la muerte” escribió también versos que sirven para la redención de la silente muerte: “Ahora tal vez la muerte no sea una bella palabra”. Y yo agregaría, al eterno estruendo de su voz, este canto final como sinfonía de nuestro fin de año. Querido lector, escuche a Lucha Reyes y será feliz.

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Eloy Jaúregui Eloy Jaúregui

Eloy Jáuregui. (Lima, 1955) Poeta, ensayista y catedrático. Pertenece a la segunda generación del grupo Hora Zero y sus poemas han sido publicados en antologías y recopilaciones de poesía. Ha publicado Profundo vello. O guitarra con cuerda rota y Pa’ Bravo yo (2010), Historia de la Salsa en el Perú (2011).