En mis columnas del 3 y del 10 de julio de este año escribí sobre la aprobación a la gestión de la alcaldesa Susana Villarán. En ese momento, Ipsos/Apoyo registraba que a mediados de junio la desaprobación a su gestión era de un 54% de los encuestados, y la aprobación de un 30%. Días después, con datos de finales de junio, el IOP de la PUCP registraba un mismo nivel de desaprobación, pero una aprobación de 21%.
En ese momento, en el que la alcaldesa era víctima de una campaña de ataques bastante politizados y desmedidos; en el que las encuestas sugerían que la tendencia declinante de su popularidad parecía estarse estabilizando; y en el que Villarán empezaba a hacer público un importante conjunto de iniciativas para la ciudad, me atreví a prever que la aprobación a su gestión lentamente empezaría a mejorar.
Pues me equivoqué: la última encuesta de Ipsos/Apoyo registra para mediados de setiembre una aprobación de 20%, y una desaprobación de 70%. Esto llama la atención porque considero que una mirada fría de la gestión de Villarán concluirá que ella no es mala en absoluto. ¿Por qué entonces la desaprobación? Una mirada indulgente sostendría que el problema es no contar con una buena estrategia de comunicación. Sería una explicación muy insuficiente; atribuir la mala imagen a problemas de comunicación es lo que hicieron tanto los gobiernos de García y Toledo, y es lo que hacen las empresas mineras cuando son cuestionadas por la población, y no parece ser el mejor camino a seguir, porque exime el reconocer errores y problemas.
Un segundo razonamiento, marcado por una lógica tecnocrática, sostendría que hasta el momento el municipio tuvo que dedicarse a ordenar una administración heredada muy caótica e ineficiente, a hacer buenos diagnósticos y planes, a diseñar mejores políticas y apenas iniciar su implementación, por lo cual la desaprobación es alta, pero temporal: a inicios del próximo año, cuando las obras y los proyectos empiecen a materializarse, la aprobación empezará a subir, y la alcaldesa terminará su periodo siendo muy popular.
Puede ser. Sin embargo, creo que sería importante que en la Municipalidad se considere que la desaprobación expresa un rechazo no a la ausencia de obras todavía visibles, sino precisamente a un estilo de gestión. Si así fuera, la desaprobación se mantendrá al margen de los resultados. En el fondo, es lo mismo que angustiaba a Alejandro Toledo y Alan García: si la economía crece, si las obras se hacen, ¿por qué la aprobación a la gestión es tan baja?
La respuesta a esta pregunta apuntaba a problemas de credibilidad del primero y la soberbia del segundo. En el caso de la alcaldesa, el problema podría estar en la coexistencia contradictoria entre una lógica tecnocrática que la alcaldesa no puede encarnar, y un liderazgo social sin iniciativas sustantivas que exhibir, por lo que es percibida como retórica vacía.
