Por Martín Tanaka
Los resultados de la primera vuelta dieron lugar a una lectura según la cual en el país primaban impulsos antisistema: la mayoría de los votantes había expresado su insatisfacción con el modelo económico y un desdén hacia los valores y las instituciones democráticas; Alberto Vergara esbozó inteligentemente esa tesis en la revista Poder. Humala quedó en primer lugar, repitió la votación de 2006, y el voto fujimorista exhibió una notable estabilidad y consistencia. Al mismo tiempo, la votación de Humala expresaría a los más pobres, al mundo rural y andino, mostrando la continuidad de profundas brechas y divisiones de larga duración; por otro lado, la votación fujimorista se asentaría básicamente en la costa central y norte, más moderna, desarrollada, suerte de enclave de modernidad, pero de espaldas al “Perú profundo”. Nelson Manrique ha expresado con brillantez el argumento de la vigencia de la “larga duración” en su blog Café Herodoto.
Sin embargo, la dinámica de la segunda vuelta perfila un país totalmente diferente: para construir mayoría, ambos candidatos han debido comprometerse con la continuidad del modelo económico, pero poniendo énfasis en políticas tributarias y sociales redistributivas, así como con el respeto a las instituciones democráticas. Pareciera que las preferencias ciudadanas hubieran cambiado entre primera y segunda vuelta. Y si bien entre los sectores de más altos ingresos parece ser clara la preferencia por una candidata y en el sur andino por otro, las diferencias se diluyen si pensamos en los sectores de ingresos medios y bajos, en donde la disputa por el voto ha sido muy intensa.
¿Con qué lectura nos quedamos del país, entonces? Mariátegui dice en los Siete Ensayos... que “en el Perú... todo aparece siempre un poco borroso, un poco confuso”. ¿Cómo resolver el problema? Creo que lo que la evidencia sugiere es que ciertamente existen perfiles y fracturas de larga duración, que permiten distinguir claramente Lima y la costa norte del sur andino, por ejemplo, que ellas no se mantienen inalterables en el tiempo, y pueden activarse o no, dependiendo de las características de la competencia electoral y de las estrategias de los contendores. Lo que la comparación entre 2006 y 2011 sugiere es que hoy hay más mercado y más integración que hace cinco años, de allí que la clave del éxito de uno de los candidatos haya sido esta vez su moderación, no en su radicalismo. Y hoy, a diferencia de la década del 90, es mucho más difícil justificar o defender medidas de excepción que pasen por encima de las normas democráticas.
Esperemos que estos avances, ciertamente precarios, sean capaces de contener intentos de “patear el tablero” económico o institucional, y de pretender resolver el problema de la integración de manera populista o clientelística.
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