Un albergue para niños no tiene por qué ser sinónimo de tristeza, estancamiento cultural o aburrimiento crónico. Todo lo contrario: puede convertirse en un hogar ideal basado en la amistad, el respeto y la no discriminación. Desde hace quince años Proyecto Perú, en su casa hogar de Zapallal, es un ejemplo digno de imitar.
Por Rafael Robles
Fotos: Rocío Orellana
La primera sorpresa te la dan ellos. Donde uno espera ver niños con un pasado triste y un futuro incierto, encuentra 32 sonrisas en señal de bienvenida. Al saludo le sigue la disgregación inmediata. Los hombres se apoderan del espacio alrededor del salta-salta y las mujeres hacen lo propio en el área de los columpios. “Son nuestras amigas”, se me adelanta Jordan con la confianza de ser uno de los mayores del grupo. Una pelota cae al piso, alguien la patea y comienza a rodar. Son las cuatro de la tarde. Terminó el colegio. Es hora de divertirse.
Una tarde cualquiera
En otro ambiente una pequeña orquesta de niñas entona una conocida canción peruana. “La idea es despertar en ellos el gusto por la música criolla. Aquí tenemos cajón, charangos, zampoñas y quenas”, explica César Gutiérrez, profesor voluntario del taller de música. “Por suerte a mis alumnos les encanta, todo fluye fácilmente con las ganas que le ponen”.
Karina Alza es la directora del albergue pero ahora mismo, de rodillas con el resto de las niñas, es otra amiga que se suma a la laboriosa tarea de levantar las paredes laterales de un castillo de arena. El trato, como la sonrisa, es horizontal entre todos. “Generalmente estos niños, cuando estuvieron en sus casas, no comían porque sus mamás no podían estar con ellos. Si bien viviendo aquí las extrañan y no dejan de quererlas, tienen a su alcance facilidades de educación que antes desconocían”, explica Karina. Para ella, como para el resto del equipo, en una casa hogar no hay espacio para las jerarquías. Al contrario, los mayores y los niños deben perderse en un mismo juego de aprendizaje mutuo en el que la edad y la condición social es el tema más aburrido del mundo. El que hable de eso, pierde. Así son las reglas.
A estudiar se ha dicho
En Proyecto Perú la rutina es la misma que la de una casa. El hijo se despierta, toma desayuno, se alista para ir al colegio y, una vez que regresa de ahí, almuerza y hace las tareas del día. Antes de eso no hay fútbol, baile, televisión ni relajo. A los que cursen del cuarto al sexto de primaria, un profesor particular les dictará un taller para esclarecer sus dudas. “Aquí les enseñamos formas de ganarse la vida, lo que buscamos es que saliendo de aquí consigan trabajo y sean personas de bien. Por ejemplo, tenemos a una chica que es chef y otra que está por graduarse como enfermera”, cuenta una orgullosa Karina.
Afuera la realidad es otra. Para un niño el hecho de vivir en un albergue puede generar una sensación de desventaja frente al resto de sus compañeros escolares. Cuando eso pasa suelen ponerse agresivos o incluso inapetentes. Es ahí cuando entra en acción la psicóloga de la casa. “Ella los ayuda en este aspecto, además del hecho de separarse de sus madres”. Para Karina, si bien el equipo todavía no está implementado como quisieran, sí pueden darse abasto para el número de chicos que tienen a su cargo. “Las madres guías son las más cercanas a ellos. Son, como su nombre lo indica, madres. Ahora, si las mamis biológicas se relajan, no vienen a las reuniones mensuales y piensan que nosotros haremos su trabajo para siempre, acudimos a la Fiscalía y declaramos al niño en estado de abandono”, indica.
La iniciativa de Proyecto Perú fue de la señora Carol, una extranjera que prefiere mantenerse alejada de la publicidad. Ella es la encargada de recaudar el dinero para la comida y las prendas de los niños. “También nosotros le enviamos algunas cosas que los chicos hacen aquí: aretes tejidos, de fantasía, pececitos de alambres y de plástico. Ella tiene un puestito allá donde los vende”, cuenta Karina, quien este año espera recibir apoyo de empresas y entidades peruanas dispuestas a colaborar: “A veces las personas esperan encontrarse con un lugar donde las condiciones sean pésimas para recién ayudar. No debería ser así. Aquí nunca tendremos mal a nuestros chicos”.
El baile y los deportes
Los sábados los niños reciben clases de fútbol y danzas modernas. Las mujeres, como es obvio, son las más entusiastas en ambos casos. Los hombres (hombres de 6 a 15 años) todavía ignoran la importancia de un buen paso de salsa frente a una mujer guapa. Más que de ellos mismos, quieren hablar sobre el partido de la noche. “Va a jugar Pizarro”, anuncia Jordan, pero nadie le cree (yo tampoco). “Sí, es cierto, y Kaká jugará para Perú, ¡contra su propio equipo!”. Se ríen. Jordan, quizás por la vergüenza, decide que es hora de cambiar de tema. “Yo de grande quiero ser de esos señores que estudian a los dinosaurios muertos”. Aníbal se queda callado. Medita un rato antes de confesar que sueña con ser policía. Todos se ríen. Los niños parecen estar más informados de lo que uno pensaría. “¡Entonces yo seré ladrón!”, suelta Arón y luego añade que en realidad pasará sus días apagando incendios. “Los bomberos no ganan plata, sonso”, le increpa Johan, hombre de ciencias que, si sigue saltando así, llegará muy alto como científico.
Kike quiere ser arquero y, de cierta forma, podría decirse que ya lo es. Si bien los bronquios le fallan a la hora de disfrazarse de delantero, tiene corazón suficiente para no caer en dramatismos. Con los guantes puestos y las medias a la altura de las rodillas, se planta bajo los tres palos con una mirada bravucona. “Aquí nadie puede hacerme gol”, confiesa retador. A mi sétimo disparo compruebo con cierta humillación que estoy incluido en ese grupo. Batir su valla es asunto complicado. “Tiene un montón de moco en los pulmones”, lo baja Jordan e inmediatamente se escucha una voz a lo lejos que avisa que llegó el momento del baño.
Karina cuenta que los niños, al enterarse de la entrevista, han limpiado, perfumado y decorado sus cuartos de manera inusual, casi un ejemplo para el resto de su generación. “¿Ves dibujos en tu periódico? ¿Ves Gokú?”, pregunta una voz que no alcanzo reconocer. Puede ser Aníbal o Arón. Nunca lo sabré. Confieso que veo Los Simpson algunas veces. “Los Simpson es feo”. Esta vez descubro a Cinthia, de 8 años, burlándose de mí. “Estoy aquí desde hace un año. Luego voy a ser doctora”, me dice con una sonrisa gigantesca. Rebeca, dos años menor, se copia y la sigue en la profesión de los uniformes blancos. “¡Ay, qué roche, no me preguntes a mí!”, implora Fanny, amante de las telenovelas y futura actriz de miniseries y largometrajes peruanos.
“Somos una familia. Los chicos son un chiste, siempre me piden que les repita una y otra vez la historia de cuando me conocí con mi esposo”, cuenta Karina. Luego pone orden. Hay que partir pero antes urge tomar una última foto. Todo el grupo, para la posteridad o como se llame el futuro.
–Como no pueden tomar whisky, ¡digan chicha!
–¡Güisqui! –responden todos.
Y la foto quedó perfecta.
Haz de La República




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