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Miercoles 23 Diciembre, 2009
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Mesa de mecidas

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Por Rocío Silva Santisteban

Columnistas y analistas políticos de este diario como Mirko Lauer o Nicolás Lynch han sostenido durante la semana que la estrategia “mesa de diálogo” para poder conectar al Ejecutivo con los sectores sub-representados del Perú ha llegado a una especie de colapso con  el “Baguazo”. Es cierto: las mesas de diálogo, como espacio directo de negociación entre “pobladores” y funcionarios del gobierno –específicamente del Poder Ejecutivo– ya no tienen sentido; así como las declaraciones de Dionisio Romero en el decano de la prensa nacional calificándose como de “centroizquierda” diluyeron todo sentido entre la izquierda, el centro y la derecha en el tradicional espectro de la política criolla (porque, si Dionisio es de centro-izquierda, ¡¿a mí qué me queda?!). 

Más allá de la anécdota, creo que es cierto: al gobierno las mesas de diálogo ya no le sirven más para las clásicas y estratégicas “mecidas”; a los “pobladores” no les dan confianza como espacio político para la interlocución directa y para la puesta en juego de reclamos que, por otras vías, eran imposibles siquiera de formular.  Pero personalmente yo iría mucho más allá con el diagnóstico –digamos, la necropsia–  de las mesas de diálogo: en realidad son uno de los síntomas finales del colapso total de la representación política y acompañan, en su abominable fiebre caótica y agonía morbosa, a la mil veces mentada crisis de los partidos. Lo lamento por mis amigos politólogos pero los factores para el análisis del rational choice se están convirtiendo en humo, en polvo, en sombra, en nada.

La ciudadanía, incluso las nociones sobre “sociedad civil” a la que tanto apelan las ONGs, ha perdido toda operatividad para hacerle frente a nuestra heterogénea escena política. No hay bien común, puesto que lo que implica el bien para unos es la realidad profana para otros.  El dolor y la muerte para otros. Lamentablemente, quienes deben de pensar en otros modelos para entender y explicar la realidad política, están centrados en mantenerse en sus registros clásicos: y no me refiero solo a los politólogos académicos, sino también a ciertos periodistas ahora mediáticos y a ciertos izquierdistas marthaharnekeanos. Por ejemplo, en los innumerables pronunciamientos que he leído, referidos todos al epicentro “Bagua”, hubo uno que seguía mencionando como posibilidad de salida de la crisis a las “¡¡¡mesas de diálogo!!!”, firmado por destacados intelectuales latinoamericanos, algunos muy admirados por quien firma estas líneas (sí, pues, gran decepción).

Pero lo más increíble de todo es que las “mesas de diálogo” surgieron en su momento como un espacio inédito de representación política directa para sectores que deberían estar “normalmente representados” por sus congresistas o miembros de los gobiernos regionales. ¡¿Para qué necesitaríamos de una mesa de diálogo si funcionara, más o menos bien, la representación política en el Congreso?! Sucede, pues, que pocos creen en esta democracia –quizás Yehude Simon es uno de los elegidos para este extraño tipo de fe– porque la democracia funciona para los ciudadanos pero no para los pobladores y menos aún para los subalternos.

Como dice la encuesta realizada por la Pontificia Universidad Católica esta semana queda bien en claro que, en nuestro país, hay dos formas de poder acceder al Estado ante un reclamo o de recibir justicia: la de los pobres y la de los ricos. Sí, aquellos que tienen el dinero para poder invertir en esas tierras que pertenecen a quien no tiene dinero para invertir en ellas (Alan García dixit). Y no obstante que las personas encuestadas perciben que son los blancos, ricos, letrados, universitarios, varones, quienes pueden hacer prevalecer sus derechos (95%), un alto porcentaje sigue creyendo que los pobres son pobres porque quieren (73%) y que todos tenemos las mismas oportunidades para salir adelante (73%). ¿En qué quedamos, peruanos del Perú, o es cierto que tenemos el sistema político que realmente nos merecemos?

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mas bien tenemos las encuestas (y las encuestadoras) que nos merecemos


Creo que cuando Dionisio Romero dice que es de centro izquierda, lo que realmente quiere decir, es que el es un aprista al estilo de Alan Garcia.

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