Por Mirko Lauer
l asesinato de dos policías en el bosque de Pómac, Chiclayo, debería reabrir el debate sobre cómo tratar las genuinas protestas y las verdaderas emboscadas que se multiplican en el país. Salvo algunos sociópatas en la extrema derecha, hay coincidencia en que los ciudadanos que protestan no deben ser maltratados por las fuerzas del orden, cuya tarea es protegerlos, y llegado el caso, contenerlos.
El problema surge cuando se hace difícil trazar una línea clara entre la legítima protesta en democracia y las actuaciones de la delincuencia violenta. Una diferenciación que en algunos casos tiene que ser realizada sobre el terreno, apelando a grandes dosis de criterio y de experiencia. Aquí la confusión cuesta vidas, de ambos lados de la gresca.
Es casi imposible que, aun en su desesperación, los pobres desalojados de Pómac hayan tenido entre sus planes el asesinato de policías. Ese solo acto iba a reducir radicalmente sus posibilidades de salvar algo del naufragio de ese desalojo. ¿Es demasiada ingenuidad pensar que alguien tomó esa decisión por ellos?
Es público y notorio que la invasión de tierras en el Perú desde hace años ha dejado de ser un simple desborde inmobiliario de masas necesitadas, al estilo de los años 50, para convertirse en un negocio ilegal donde el uso de la fuerza contra la ley es indispensable. El servicio que presta este negocio ilegal incluye por cierto evitar que las invasiones sean desalojadas.
Quizás las investigaciones en Pómac revelen algo distinto que la presencia de una micro-mafia local contratada. Pero en esta situación la regla de oro es que invasiones y desalojos siempre son intensamente peligrosos. Enviar policías desarmados en tal circunstancia es una seria irresponsabilidad, por donde se le mire.
La respuesta del ministro Remigio Hernani a lo sucedido es excéntrica. La policía actuó correctamente, dice. Pero eso no es lo que está en cuestión, sino si los jefes de esos policías actuaron correctamente al despacharlos desarmados, y por tanto sin información sobre lo que iban a encontrar. ¿O está Hernani sugiriendo que de haber ido armados se hubiera producido una masacre más amplia?
Hay quienes acusan a la presión por derechos ciudadanos y al temor a juicios posteriores de neutralizar a la policía. Sí hay casos de injusticia en este campo, pero la estadística va en otro sentido, sobre todo en los enfrentamientos con masas violentas. Y aun en estos últimos casos, la policía casi siempre prevalece sin causar muertes.
Los dos policías muertos en Pómac no pueden ser un argumento para el endurecimiento irreflexivo, sino para una mayor eficiencia policial. Quizás también para que quienes protestan discriminen mejor de quiénes se hacen acompañar. Pues los violentistas, de ambos lados de toda línea, siempre tienen una agenda propia.
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