Especial. El caso Ciro Castillo (II). Final infeliz: la chica mala vence a la montaña

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Pregunta clave . Los nueve días que interesan al Ministerio Público . El verdadero misterio de Rosario Ponce . A dos policías les dijo que solo estuvo cinco días sola en el Colca . ¿Su versión presenta contradicciones ?

Ricardo Uceda.
Periodista

La última noticia que alocó a la prensa peruana fue que policías de Madrigal, el poblado desde el que Rosario Ponce y Ciro Castillo partieron hacia Tapay el 31 de marzo pasado, habrían asesinado al estudiante, enterrándolo en las inmediaciones, quizá en el mismísimo cementerio del lugar. Un reportero de televisión señaló ante cámaras el nicho en el que estaría el cadáver. Aunque la historia se desinfló cuando el fiscal Frank Zegarra realizó con sus peritos una diligencia en Madrigal sin recoger una prueba, en cualquier momento aparecerá otra de su tipo. O la misma con variantes. El último fin de semana un asesor gubernamental influyente llamó a un periodista conocido y le dijo:

–Lo de Madrigal es cierto. Los policías lo mataron.

Un motivo de las especulaciones es que el caso convoca tanta audiencia que los medios no lo van a dejar morir así nomás. Otra explicación es que la falta de evidencias alimenta fábulas. Por ejemplo, la de que Ciro Castillo y Rosario Ponce no continuaron su ruta hacia Tapay sino que, en el tercer o cuarto día de su caminata, volvieron sobre sus pasos, hasta algún lugar ignoto en el que Ciro fue asesinado.



Este mito se complementa con otro: la pareja jamás llegó al escabroso despeñadero donde Rosario sostiene haber visto por última vez a Ciro, la mañana del quinto día. De acuerdo con la misma creencia es imposible que Rosario hubiera podido sobrevivir seis días en un lugar tan salvaje, sin contar los tres más durante los que dice haber caminado hacia el paraje denominado Peigh, en el que fue encontrada el 13 de abril. Todo esto cuadra con la versión de que Ciro murió en Madrigal, y con muchas otras. En algún momento Ciro Castillo padre defendió la tesis de que su hijo fue enterrado en el sector Malata Vieja del distrito de Madrigal. Cerca de allí, en su afiebrada búsqueda, encontró unos huesos que resultaron prehistóricos. También se publicó –otra primera plana– que el estudiante fue sepultado en las inmediaciones de una cabaña en la zona por donde Rosario Ponce fue rescatada. Cirilo Condori, dueño del inmueble, dijo que habían desaparecido la lampa y la barreta que guardaba allí. Eran, añadió, las herramientas que sirvieron para sepultarlo.

Las testigos que lo vieron caer al abismo

Por supuesto, la falta de credibilidad de Rosario Ponce también alimenta los mitos. En una abierta demostración de que no le creen, los brigadistas autodenominados Topos de México están buscando el cuerpo de Ciro en un lugar distinto de donde ella dice que desapareció. Como la policía ha dejado de peinar las montañas, dejando en claro que ya destinó a la búsqueda del estudiante más recursos que para cualquier otro excursionista desaparecido, los esfuerzos por encontrar el cadáver corren a cargo de su familia. Esta ha gastado más de 200 mil soles, según declaraciones de la madre. Se supone que continuarán buscando hasta que se acaben las donaciones, cuyo monto el padre de Ciro ha rehusado precisar. Pero si el estudiante fue fríamente asesinado y enterrado la búsqueda de su cadáver por los abismos del nevado Bomboya nunca tendrá resultados, salvo que los Topos ya tengan el dato. Así, la inutilidad de la búsqueda refuerza la teoría de que hubo un crimen. De hecho, ese fue el argumento que empleó Ciro padre para acusar de homicidio a Rosario Ponce ante el Ministerio Público.



Ahora bien, para que la tesis del asesinato sea convincente no basta con objetar la historia de Rosario. Debe haber una idea de cómo fueron las cosas. La versión del entierro en Madrigal venía acompañada de dos especulaciones distintas sobre lo que ocurrió. En una, Rosario, agredida por su enamorado, se fue a quejar a la comisaría. Llevado hasta allí, Ciro fue golpeado por los policías y terminó muerto. En otra, la pareja bebió con varios policías, Ciro se quedó dormido de borracho y, al despertar, encontró que Rosario estaba demasiado amable con uno de los guardias. Reaccionó agresivamente y fue asesinado.

El problema con estas conjeturas, como con todas las que han circulado, es que ninguna tuvo jamás un testigo directo o algún enlace que permitiera encontrarlo.

Sin embargo, un día apareció en la redacción del semanario El Búho de Arequipa una señora que dijo haber resuelto el misterio. Una amiga suya de Chivay y la hija de esta habían visto que Rosario Ponce, jugando con Ciro Castillo, lo había empujado demasiado fuerte, haciéndolo caer al abismo. La directora, Mabel Cáceres, que estaba cerrando edición, sintió la súbita excitación que produce la cercanía de una primicia, mas pronto decayó. La visitante se negaba de plano a proporcionar el nombre de las testigos, a quienes había prometido guardar el secreto. Solo pedía que buscaran por allí, porque seguramente se encontraría el cadáver. De todos modos, Cáceres llamó a papá Castillo, quien no pudo torcer la voluntad de la informante.

–No me ha ayudado en nada– le dijo finalmente Castillo. Y se fue.

La persona que fue a la redacción de El Búho fue consultada para esta nota. No quiso ser identificada. Dijo que dos personas, a las que no nombró, habían visto que Ciro cayó al abismo, empujado por Rosario. Aún cree que el cadáver está allí, esperando que lo descubran.



El tramo comprobable: los primeros cuatro días


Aparte del hecho de que la mayoría de la gente la considera culpable, hay otra gran creencia sobre Rosario Ponce: que su relato de los hechos presenta un cúmulo de contradicciones. ¿Es cierta esta acusación? Para esta nota fue posible examinar las cuatro declaraciones que dio ante la fiscalía. Oh sorpresa, no hay incoherencias.

Ella y Ciro llegaron a Chivay el 30 de marzo a las 9 am, procedentes de Arequipa. Se instalan, pasean por el pueblo de Yanque, retornan al hotel y duermen. Ella descubre que ha empezado su regla. Al día siguiente, 31, piden información en la comisaría y parten con rumbo a Tapay, llegando a las 5 pm a la fortaleza de Chimpa. En el trayecto, una de las mochilas rodó por una pendiente. Ciro la recuperó pero perdieron dos carpas y comida. En la fortaleza pasean, se toman fotos, acampan, duermen. El 1° de abril decidieron su propio camino, pues los mapas no los orientaban bien. Esa noche durmieron incómodos entre dos arbustos, en una zona de peñas. El 2 encuentran un manantial y una planicie de queñuales, suben hasta una cima desde donde se divisa el Colca y luego bajan y acampan. El 3, domingo, prosiguen bordeando riachuelos, caminan lento porque ella pierde sangre y le duelen las rodillas. Se lavan, beben agua, se toman fotos. Un sleeping cae por una quebrada y se pierde. En la noche duermen los dos en el sleeping restante, encima de las rocas. Al día siguiente, al avanzar, encuentran abismales desfiladeros, se sienten perdidos.

Esta porción de la historia hasta el 4 de abril es la más susceptible de escrutinio. Hay testigos, fotos, restos encontrados –las carpas, las botellas de champagne–, registros de llamadas telefónicas. Rosario Ponce no ha variado su versión sobre lo ocurrido en estos días, narrado principalmente en su primera declaración. En los dos interrogatorios siguientes la fiscalía se concentró en los hechos posteriores al 4 de abril. En la cuarta y última manifestación, en cambio, ella hubo de repetir punto por punto lo sucedido en el primer tramo del viaje: dónde se cayeron las carpas, cómo tomaron las fotos, qué ruta específica siguieron hacia Tapay. Aunque la comprobación atañe a unos pocos días, si la fiscalía la hace varios supuestos de la teoría del asesinato se caen por el suelo.

En la hipótesis de la conspiración para encubrir los hechos, algunos objetos de los excursionistas fueron sembrados por la policía para sostener la versión de Rosario. Por ejemplo, las carpas que cayeron cuesta abajo, en un lugar por donde ella dice que pasaron. El registro de las fotos, testimonio gráfico hasta el 4 de abril, habría sido adulterado. Varias de estas fotos, por otra parte, habrían sido tomadas por un tercero: el posible homicida. Por último, las llamadas telefónicas pidiendo auxilio fueron una farsa, un señuelo que forma parte de la coartada criminal. La última llamada, en efecto, procede de Yanque, un pueblo situado al comienzo del recorrido, de acuerdo con el reporte de Movistar. Esto llevaría a concluir que Rosario, en el momento en que pedía auxilio, no se hallaba en la montaña. Pero las llamadas inmediatamente anteriores, con minutos de diferencia, fueron hechas desde las alturas del Bomboya. Se trataría entonces de un reporte engañoso, que no destruiría lo dicho por la chica. Así pues, si todo lo dicho por la acusada es cierto para esta parte, a sus denunciantes solo les queda demostrar que mató a Ciro en los días siguientes. Lo cual es harto más complicado.

La pregunta de fondo: ¿pudo sobrevivir?

En los hechos que van del 4 de abril hasta el día 13 en que Rosario Ponce fue encontrada, hay un solo testigo: ella. Todo lo que actúe en su contra debe basarse en testimonios de terceros, por ahora inexistentes, o en pruebas circunstanciales. En buena parte, la cuestión gira en torno a un punto: ¿cómo pudo sobrevivir en condiciones inverosímiles?

Ella brinda una versión minimalista de lo que hizo en la montaña luego de que Ciro desapareciera. Estaba en un lugar pelado y rodeado de precipicios, débil y desconcertada porque su compañero no regresaba. Se queda allí, metida en el sleeping y cubierta con una manta. Pasa así el 5, 6, 7, 8, 9 y 10 de abril. El 6 toma sus orines. Granizaba y llovía. El 7 se cambia la ropa húmeda y se pone prendas de Ciro sacadas de su mochila. Encuentra allí una botella vacía con la que recoge agua de lluvia. Protegida del aguacero con una bolsa de plástico pasa el 8 en las mismas condiciones. El 9 come hormigas. El 10 ve pasar un helicóptero; cree que es por las elecciones de ese día. El 11 decide bajar de regreso. Deja las mochilas y se pone toda la ropa posible encima, llevando un poncho y una manta, además de la cámara, el dinero y los documentos de Ciro y ella. El 12 deja la manta en el camino, estaba embarrada. Tiene la idea de tirarse al precipicio, reúne fuerzas, ve a un puma comerse a un venado. Pasa la noche sin dormir. El 13 continúa bajando, guiándose por el río. Entonces escucha voces, se le acercan dos personas, les pregunta quién ganó las elecciones.



Lo anterior es un resumen muy apegado a lo que declaró, y suscita más preguntas que certezas. En las interrogaciones siguientes el fiscal le pidió más detalles, pero no obtuvo una exposición que rebosara de pormenores. Pero ella no puede ser acusada porque su capacidad de sobrevivencia no sea convincente. Por otra parte, ¿acaso nadie puede continuar vivo en las condiciones que ella describe? En 1971, Juliane Koepcke sobrevivió 11 días en la selva con la clavícula y el ligamento de la rodilla rotos, sin alimentos, y una herida en el brazo que estaba llena de gusanos cuando la rescataron. Un año después, tras un accidente aéreo, 16 uruguayos sobrevivieron 72 días en los Andes, a más de tres mil metros, bajo nieve perpetua. En 1985 sobrevivió en Huaraz el inglés Joe Simpson, con la pierna rota tras haberse caído desde 30 metros en un hoyo de nieve, desde donde se arrastró varios días hasta que lo encontraron. Tres casos, tres famosas películas, tres condiciones peores que la que dice haber vivido Rosario Ponce.



Dos testimonios policiales: la verdadera contradicción


Sin embargo, Rosario pudo efectivamente haber empujado a Ciro hacia el abismo. O pudo un tercero haberlo asesinado con la complicidad de la muchacha. Es posible que un policía con atribuciones haya intervenido en la escena de un crimen días antes del rescate de Rosario, con fines de encubrimiento. Incluso es posible que Ciro se haya fugado –la insólita tesis de la autodesaparición deslizada por la defensa de la acusada– tomando uno de los caminos tortuosos que del lugar conducen a Puno. Pero estas disímiles posibilidades, que pueden vivir eternamente en la mente de la gente y del periodismo que le gusta a la gente, no se sostienen un minuto en un juicio si carecen de bases probatorias, como hasta ahora ocurre en el expediente de la investigación contra Rosario Ponce. Por eso el fiscal de la Nación ya insinuó que el caso camina hacia su archivamiento, salvo que se encuentre el cadáver.

Las últimas noticias desinfladas son supuestas declaraciones a la fiscalía de la bombera María Teresa Pilco, quien estuvo presente en el rescate de Rosario Ponce. Según publicó la prensa, Rosario le dijo que Ciro Castillo estaba vivo y con una pierna rota. Sin embargo, una revisión documental demuestra otra cosa. Rosario le dijo a Pilco que Ciro podía estar herido. Tampoco es cierto, como se publicó, que Rosario dijo a la fiscalía que ella y Ciro vieron juntos pasar un helicóptero. Esto implicaría que recién se separaron después de las elecciones, pues solo hubo patrullaje aéreo para buscarlos el 9 y 10 de abril. Rosario dijo que ella vio a un helicóptero el 10 de abril, y que al día siguiente decidió iniciar el camino de regreso.



Sin embargo, por algún motivo la fiscalía está concentrada en los últimos días en los que Rosario Ponce dijo estar sola. Nueve largos días. Tal vez no fueron tantos, pues en el expediente hay dos testimonios y un informe policial reveladores.

Roberto Asillo Muñoz, un policía de 39 años, miembro de la Unidad de Salvataje de Alta Montaña de Arequipa, dijo en su manifestación que fue uno de los que encontraron a Rosario Ponce el 13 de abril y que cruzó con ella las primeras palabras. “Pudimos observar a una chica sentada en una piedra plana inclinada, mirando hacia el río, estaba asustada pero no lloraba; nos miró pero no pronunció palabra alguna”. Junto con Asillo había tres policías más, apoyados por seis bomberos. Cuando entablaron conversación, los rescatistas le preguntaron desde cuándo estaba perdida. Asillo declaró: “Dijo que se separó de Ciro hacía cinco días”.

Jorge Vargas Bueno, otro policía de la USAM que estuvo en el rescate, declaró lo mismo: “Ella indicó que hacía cinco días se habían separado”. Por último, el Departamento de Investigación Criminal de Arequipa también lo afirma en su informe 132 sobre la desaparición de Ciro Castillo. Refiriéndose al hallazgo de Rosario Ponce dice: “En sus declaraciones los efectivos PNP han indicado que esta no presentaba heridas visibles, que indicó estar bien y que hacía cinco días se había separado de Ciro”.



Interrogado al respecto, el abogado de Rosario Ponce, Miguel Cabrera, no pudo negar que la policía refuta lo que sostuvo su defendida ante la fiscalía. Al respecto respondió:

–O se confundió ella o se confundieron los policías.

Así están las cosas. Por ahora nadie puede demostrar que no se haya confundido. Salvo que el cuerpo, cuando se encuentre, diga lo contrario, el público que no quiere a Rosario tendrá que aceptar que una chica mala venció a la montaña.

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