Por Fernando Ampuero
Dos muchachos, Ciro Castillo Rojo y Rosario Ponce López, salieron de excursión al valle del Colca y, al cabo de unos días, se perdieron en una de las agrestes quebradas vecinas al nevado Bomboya. Ciro, según nos cuenta Rosario, la única testigo, salió en busca de las luces de Tapay, un pueblito de las inmediaciones, con el fin de orientarse en la ruta que ambos más adelante deberían seguir. Pero él no regresó. Ella lo esperó unos días, sufrió sed, hambre y frío, y finalmente optó por desandar el camino; nueve días después, una brigada de rescate la encontró caminando, en estado de agotamiento y desvarío. Estos son los hechos. Ciro fue hacia un lado de la montaña y Rosario fue hacia el otro, pero de Ciro desde entonces nunca más se supo.
Fuera de estos hechos – es decir, dos jóvenes se perdieron en el Colca y uno no retornó–, todo lo demás son especulaciones, conjeturas, meras suposiciones. Hipótesis, las llaman, y por lo común casi todas se contradicen, aunque este crucial detalle se olvida. Igualmente se olvida que, con anterioridad, las desapariciones de viajeros y turistas en el Perú no son infrecuentes.
Entre el 2010 y lo que va del 2011, perecieron en nuestras montañas 27 turistas extranjeros, muchos por ascender sin guía, y se reportaron desapariciones que, al parecer, habrían ocurrido por caídas en grietas o por pequeños derrumbes de piedra y nieve que sepultaron los cuerpos. Asimismo, en el Colca, se han producido decenas de desapariciones en otras épocas (cifras no oficiales de Tapay) y, ya en el siglo XXI, unas 20 desapariciones oficiales, denunciadas en un inicio como tales, donde hubo búsqueda y recuperación de cuerpos, según declaraciones del mayor Robert Grande de la unidad policial de salvamento de alta montaña.
“El cóndor siempre avisa”, me ilustró un campesino de Yanque hace unos días, cuando estuve de visita en el Colca. “Gira en el aire cuando alguien agoniza o cuando alguien muere”.
¿Qué pasó con Ciro? Nadie lo sabe. La Policía y la Fiscalía ignoran si ha huido, o si lo han asesinado, o, lo que quizá sea más probable, si Ciro ha caído en un abismo con grietas insondables. No hay cuerpo: no hay evidencias. Es legalmente imposible establecer qué sucedió.
Sin embargo, Rosario Ponce es acusada de homicidio y el circo de las hipótesis no cesa y alimenta desaforadamente los expedientes de dos juicios en marcha: el legal, donde Rosario por justicia tendrá que ser declarada inocente, y el mediático, donde se manipula desde hace seis meses a la opinión pública, insinuando su culpabilidad o condenándola abiertamente.
Los argumentos de la gente para poner a Rosario en la picota son subjetivos, y la mayoría los esgrimen como si hablaran de pruebas irrebatibles: “Es una chica perturbada”, “Oculta algo”, “Sonríe inoportunamente”, “Se queda muda”, “Parece insensible”. Más claro: banalidades.
Tales “cargos” pueden fácilmente levantarse. Su ánimo perturbado, en un principio, surgió a causa de su experiencia traumática de supervivencia (que la forzaría a comer hormigas, a beber sus propios orines, etcétera), creció en la etapa inicial en que Ciro no aparecía y, por supuesto, maduró por la irresponsable campaña mediática. A ello siguió, durante meses, su obligado silencio, dado que las investigaciones le impedían hablar, mientras cualquier hijo de vecino decía de ella lo que se le antojaba. Las primeras planas de la prensa la golpeaban con titulares agraviantes: “¡Mentirosa! ¡Asesina!”. En la calle, en muchas ocasiones, la abucheaban y le lanzaban piedras, y las paredes de su casa amanecían con pintas que repetían esos insultos.
Nunca antes en su vida Rosario tuvo tratamiento psiquiátrico. Ahora sí lo tiene. A mí me contó que un día, en la calle, se le acercó una periodista y le dijo: “¿Tú sabes que todo el Perú te odia?”. Ese tipo de prensa desalmada busca provocarla, generar en ella una reacción de violencia, con el exclusivo fin de obtener un comentario airado: un nuevo titular que la hunda.
“No, no”, insisten sus enemigos (porque definitivamente ya tiene enemigos). “Es una chica perturbada”. ¿Cómo no va a serlo ante su terrible situación?, me pregunto yo. Lo extraño más bien sería que no estuviera perturbada. “¿Y por qué se calla?”. Porque le han abierto una nueva instructiva, y otra vez se le prohíbe hablar. “¿Y por qué se contradice en sus diversas declaraciones?”. Esto no es cierto: no se contradice; en sus cuatro declaravciones oficiales sostiene siempre lo mismo. “¿Y por qué sonríe a veces sin ton ni son?”. En primer lugar, contesto, ella está medicada por su psiquiatra; en segundo, padece de un problema nervioso que la hace sonreír. Antes del incidente del Colca, Rosario era simplemente una muchacha un tanto inexpresiva, pero risueña, y hoy esto juega en su contra: la hace ver como un ser insensible e indiferente.
Nadie parece advertir, de otro lado, que Rosario tiene 24 años, ¡es casi una chiquilla!, y que se muestra lo bastante fuerte no solo para vencer abruptas montañas, sino también para asumir su rol de madre soltera, afortunadamente respaldada por su familia, y para persistir en terminar sus estudios de ingeniería forestal. Nadie recuerda que Ciro, meses atrás, era su enamorado. Y que ella, en su corazón, ha sufrido al suplantar a la persona íntima por esta ausencia que la objeta.
Naturalmente, yo entiendo, como la mayoría de los peruanos, el dolor por la pérdida de un hijo, sentimiento que atormenta al doctor Ciro Castillo, padre del desaparecido. Entiendo su obstinado afán de búsqueda y su desesperación. Más difícil resulta comprender, eso sí, que él acoja como plausibles las hipótesis más extravagantes que se barajan. En una de ellas, según recuerdo haber visto en televisión, el doctor Castillo, hombre culto e inteligente, de profesión médico, se detuvo en un paraje del Colca y recogió unos huesos blanquecinos, que el más inexperto de los exploradores podía deducir que tenían decenas de años, y luego declaró ante el micro del periodista que lo acompañaba que esos huesos podían ser de Ciro y debían analizarse.
En los últimos días, gracias a otro reportaje televisivo cuyos reporteros reprodujeron con exactitud el periplo de Ciro y Rosario, pudimos apreciar el tremendo esfuerzo que demandó su aventura, que, al decir de un enterado guía de la zona, los llevó a tomar un camino equivocado y lleno de abismos con profundidades de quinientos metros o más. Los reporteros llegaron al lugar preciso donde se les cayeron las mochilas, y a ese otro, alejado de la mano de Dios, donde la pareja se separó. Allí, aterrada por el acecho de los pumas y la inclemencia del clima, Rosario esperó a Ciro varios días, y desde allí ella emprendió el camino de regreso. En opinión de los periodistas, y en particular del curtido guía, el retorno con vida de Rosario ha sido una proeza.
Alguna prensa, es cierto, está ahora cambiando de rumbo. Y empieza, de pronto, a darse cuenta del injusto cargamontón de tantas personas inescrupulosas que se aprovecharon de esta desgracia con presuntos fines lucrativos, publicitarios o simplemente morbosos. Sin embargo, aún siguen dañando a Rosario, en lo moral y en lo psicológico. Se escudriña en su correspondencia privada, se ventilan intimidades amorosas que nada aportan a la investigación, se hace escarnio de su estado de nervios. Las teorías en su contra, ni qué decir, son solo eso: meras fabulaciones. Los ataques del público enardecido, que decidió cambiar la telenovela de moda por este informal linchamiento, una psicosis inducida. Rosario, en todo caso, es fuerte. Sabe lo que vale, y se lo dice a diario a su hijo de cinco años. Y no se avergüenza, ni se siente culpable de haber sobrevivido.
