Cultural
Loading

“El pasado no está muerto, puede cambiarnos”

reflexivo. Juan Gabriel Vásquez con Las reputaciones indaga el espacio de la memoria.
reflexivo. Juan Gabriel Vásquez con Las reputaciones indaga el espacio de la memoria.
Juan Gabriel vásquez. El escritor colombiano está en Lima invitado por la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Su novela Las reputaciones es una de las finalistas del premio de esta bienal.

Pedro Escribano

“Lo que te voy a contar no está en ninguna parte de la novela. Yo escribí buena parte de este libro en una residencia en California, cuando la gran noticia era el suicidio de una adolescente porque una foto suya, comprometedora, se había difundido por las redes sociales”, confiesa Juan Gabriel Vásquez, autor de Las reputaciones (Ed. Alfaguara), una de las novelas finalistas del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.

“Entonces –agrega–, ahí me puse a pensar en esa fragilidad de nuestra imagen pública, lo vulnerable que es, la cantidad de energía que invertimos en protegerla y condicionarla para que los demás la vean como uno quiere, y cómo es fácil destruir a una persona cuando destruyes su imagen”.

Las reputaciones cuenta la historia de un caricaturista, Javier Mallarino, cuya tinta tiene poder y es temido por los políticos. Pero a sus 65 años, sin embargo, es homenajeado por el país. Entonces vendrá una persona, Samanta Leal –amiga de niñez de su hija–, le recordará una noche del pasado y le cambiará la vida. La novela será el intento de responder qué ocurrió esa noche.

La novela empieza a avanzar sobre el poder que tiene la caricatura.

Sí. La novela nace por una fascinación que yo he sentido toda mi vida por Ricardo Rendón, el gran caricaturista colombiano de los años 20, un tipo realmente muy temido por los políticos y muy influyente en la visión que los colombianos tenían de su realidad. Y luego me fui dando cuenta de que en lugar de contar la vida de Rendón, mejor inventaba un caricaturista de nuestro mundo contemporáneo que me permitiría hablar de esa relación rara de los lectores en Colombia con las páginas de opinión, que en algún lugar de la novela digo que son como el gran diván colectivo de un país largamente enfermo. A mí me interesó en un principio hablar de esa relación, de lo que significa tener el poder, de afectar la reputación de alguien más y de cómo ese poder puede ir mal.Esa fue la primera inquietud de la novela.

¿No siguió con Ricardo Rendón porque sería biografía y usted quería ficción?

Bueno, una de las cosas que me interesaban de Rendón fue su suicidio, que sigue siendo un misterio. Rendón se pegó un tiro muy cerca del lugar donde yo hice mis estudios, en un barrio bogotano que es muy importante para mí. Entonces, lo que me interesaba de Rendón era el misterio de su suicidio, y eso ya era ficción, pero inmediatamente me pareció más interesante crear a este caricaturista contemporáneo, Javier Mallarino.

El narrador dice que no ser caricaturizado es desaparecer de la vida política.

Sí, bueno, esto me lo dijo uno de los caricaturistas con los que hablé para poder documentarme. Me dijeron que cuando un caricaturista es verdaderamente grande, influyente, importante, a los políticos empieza a parecerles más grave que no los insulten a que los insulten (risas) porque alguien que no aparece en sus espacios es como si no existiera, como si no tuviera vida política.

No es gratuito que esas caricaturas estén en la página de opinión.

No, claro, son una parte de la prensa de opinión muy importante y la prueba es que siguen siendo perseguidas.

Mallarino ha sido detractor, pero a los 65 años recibe un homenaje quizá de sus “víctimas”.

Claro, el periodismo de opinión tiene en nuestros países esa circunstancia tan curiosa de que los más influyentes caricaturistas o columnistas se vuelven gente muy poderosa, que el mundo político trata de anexarse como manera de neutralizarlos. Y los grandes intelectuales han sido gente que a partir de un momento vive cerca del poder, pero que nunca se deja seducir por el poder.

¿La definición de que la caricatura “es un aguijón forrado con miel” es de Mallarino?

Eso lo decía Ricardo Rendón en una de sus frases más conocidas. Así decía porque la caricatura es muy incisiva, capaz de hacer mucho daño, pero envuelta de humor, te saca una sonrisa y eso la hace doblemente peligrosa para sus víctimas. El humor gráfico es profundamente subversivo y daña porque no te puedes defender. De una columna de opinión el atacado puede coger frase por frase y contrarrestarlas con otras palabras, pero cómo defenderse de una imagen.

No vamos a qué noche fue esa que cambió la vida de Mallarino. ¿El pasado es un ser vivo?

Sí, eso fue para mí una sorpresa. Yo no escribo mis libros sabiendo todo lo que va a suceder en ellos, sino que suelen empezar a pensar por sí mismos, eso me ha pasado siempre. Y esta novela que yo empecé creyendo que iba a ser un examen de esa situación de poder de los que opinan en la prensa, de la relación tensa con los lectores y de la capacidad de modificar la imagen ajena, de repente, en algún momento se me fue convirtiendo en una reflexión de la memoria sobre lo incierto del pasado. Sobre todo, de que el pasado no está muerto, no está quieto. El pasado también puede cambiar porque nuestra memoria es falible. Eso se convirtió en el tema de la novela.

¿O sea, el pasado puede reinventarnos?

Claro, descubrirse, descubrir que había tomado una gran decisión de su vida basado en algo que no recordaba bien, en una incertidumbre. Eso pone su vida patas arriba, hace que se cuestione todas las certidumbres que había tenido hasta ese momento. A mí me encanta eso, como lector, o sea, que se ponga a analizar el momento en que se caen las certidumbres.

Comentar esta noticia

Enviar un comentario nuevo